La frontera del deber ciudadano y la fe
La célebre frase de Jesús de Nazaret, el judío más famoso de la historia, establece un límite claro entre dos dimensiones que a menudo intentan invadirse mutuamente: la civil y la espiritual. Sin embargo, el concepto de separar los deberes cívico-imperiales de las obligaciones divinas ya flotaba en el ambiente helenístico y en los debates rabínicos de la época sobre la legitimidad de pagar impuestos a un ocupante pagano sin incurrir en idolatría. Cumplir con las obligaciones fiscales, respetar las leyes y participar en la estructura del Estado representa el tributo debido al orden social vigente, simbolizado en la figura del César.
Por otro lado, la dimensión espiritual pertenece a una esfera íntima donde el poder civil carece de soberanía. Separar el cumplimiento civil de la devoción personal no implica una contradicción, sino un sano equilibrio que protege la libertad de conciencia y evita que la política instrumentalice lo divino o que la fe coaccione la gestión pública.
La exención militar y las castas sacerdotales en la historia
Históricamente, la inmunidad frente a las armas ha sido un privilegio codiciado por las élites religiosas, y la exención del deber militar solía ir acompañada de un sistema económico estructurado para garantizar su sustento, aunque la fuente de esos recursos variaba:
- Los levitas bíblicos: En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví fue excluida del censo militar para custodiar el Tabernáculo. Su manutención no provenía de un “sueldo” del rey, sino del diezmo obligatorio que el pueblo pagaba directamente. Sin embargo, líderes como los Macabeos o el rey David rompieron cualquier molde pacifista fusionando fe y espada.
- El Imperio romano: Los sacerdotes paganos de ciertos cultos oficiales (como las vestales o los pontífices) gozaban de la vacatio militiae (exención del servicio) y recibían financiamiento directo del erario público, residencias oficiales de gran lujo y tierras comunales. Consideraban a la religión un negocio lucrativo bajo el paraguas de la ocupación.
- La cristiandad medieval y los monjes budistas: En la Europa feudal, el clero estaba exento de combatir, conformando el estamento de “los que rezan” frente a “los que luchan”. La Iglesia acumulaba tierras y cobraba sus propios impuestos (el diezmo) funcionando como señores feudales autónomos que no pagaban tributos a la corona.
De igual forma, en Asia, los monjes budistas eran protegidos por los emperadores a cambio de su respaldo espiritual.
A diferencia de estos modelos históricos donde las castas religiosas se autofinanciaban mediante tierras propias o impuestos específicos, el modelo de los sectores ultraortodoxos actuales presenta una anomalía: dependen directamente de subsidios estatales directos, exenciones impositivas y fondos públicos del mismo Estado moderno cuyas obligaciones civiles y de defensa rechazan.
La tesis de la supervivencia: Adaptación y sumisión ante el invasor
A lo largo de los siglos, diversas élites clericales han preferido la sumisión pasiva ante un poder extranjero o imperial antes que arriesgar su hegemonía interna apoyando revoluciones soberanas o Estados laicos (como el proyecto sionista):
- Los saduceos y los romanos: Durante el Segundo Templo, la aristocracia sacerdotal saducea no dudó en pactar y cohabitar estrechamente con los gobernadores romanos para mantener el control del culto y sus riquezas. Roma les garantizaba y protegía legalmente la recaudación del impuesto del Templo; a cambio, ellos debían mantener la calma social y ofrecer sacrificios en honor al Emperador.
- La diáspora y el sometimiento político: El principio talmúdico de Dina d’malchuta dina (“la ley del reino es la ley”) fue utilizado históricamente para justificar la obediencia absoluta a cualquier soberano extranjero —fuera el Zar, el Sultán o el Rey de Persia—.
Cuando Jesús pronunció la frase, puso al descubierto esta enorme contradicción. Al mostrar la moneda con el rostro del César, evidenció que los líderes religiosos ya operaban bajo las reglas de la economía imperial, usufructuando los beneficios del opresor mientras mantenían un discurso de pureza espiritual ante el pueblo. La sumisión al invasor extranjero no era una fatalidad teológica, sino una estrategia económica y política calculada para perpetuar el poder de la casta a expensas de la soberanía nacional.
El reflejo actual: Teocracias e hipocresía política
Esa misma línea histórica conecta con el panorama contemporáneo de los sectores ultraortodoxos antisionistas y su pragmatismo ante regímenes hostiles:
- El Parlamento iraní: La República Islámica de Irán reserva constitucionalmente un escaño permanente para la minoría judía en su Parlamento (Majlis). Los representantes religiosos que ocupan ese puesto se ven obligados a emitir discursos públicos de total lealtad al régimen teocrático y condenas explícitamente antisionistas para salvaguardar la supervivencia y los privilegios de su comunidad local.
- El dilema del alistamiento: Para estas cúpulas, la supervivencia física del enclave estatal es secundaria frente a la preservación pura de su modo de vida teocrático. Prefieren la sumisión colonial —donde el soberano extranjero les permita estudiar a cambio de tributos— antes que la asimilación o la subordinación a un Estado judío moderno y laico. Detrás del dogma de la “protección divina”, como se ha visto trágicamente en el Holocausto o el 7 de octubre, late una estrategia milenaria de acomodamiento político para mantener los privilegios de casta a expensas del sacrificio ajeno.
El voto obediente: Decidir la guerra sin enviar a los hijos
En el sistema actual, las coaliciones religiosas actúan como un bloque bisagra gracias a la disciplina de su electorado. Esto les otorga la capacidad matemática de legislar, aprobar presupuestos y respaldar gobiernos que envían a los ciudadanos laicos y sionistas al frente de batalla, mientras blindan legalmente la exención de su propia juventud. Mandan a los hijos de otros a la guerra, pero a los suyos no.
En los modelos históricos, la ecuación era distinta. En el Imperio Romano, los sacerdotes tenían inmunidad y riquezas, pero carecían de voto o veto en el Senado para declarar la guerra o la paz; esas decisiones correspondían a la clase política y militar, quienes eran los primeros en marchar al combate. No existía un mecanismo donde una minoría exenta pudiera votar democráticamente para enviar a otros a morir. La gran ironía histórica es que estas élites han instrumentalizado las herramientas de la democracia moderna para perpetuar un privilegio puramente feudal.
El “falso militarismo oportunista”
Su negativa a servir no nace de una convicción pacifista ni de una adhesión moral al mandamiento de “No matarás” de los Diez Mandamientos que Dios le dio al pueblo judío. Si fuera una postura contra la violencia, se ubicarían en el pacifismo tradicional. Al contrario, operan políticamente desde la extrema derecha teocrática, apoyando discursos duros de soberanía y exigiendo mano firme, pero con la condición implícita de que la sangre en el terreno la pongan los demás.
- Es un falso militarismo oportunista: empujar al país al combate con una mano, mientras con la otra firman el decreto que esconde a su propia juventud en las academias. Demuestran una total indiferencia ante el triunfo o la derrota de Israel, porque saben que se van a acomodar con el “César” de turno y que su verdadero problema es otro: no quieren ir a la guerra, ni trabajar, ni estudiar como el resto de los israelíes, porque también tienen el privilegio exclusivo para el estudio y la sabiduría financiado por el erario público.
Cualquier persona del planeta emigraría a un país —así estuviera en África o en la Antártica— bajo esas condiciones de total impunidad: donde no tienes que trabajar, no tienes que ir al ejército ni a la guerra, pero puedes elegir al presidente para que te siga dando cada vez más dinero para tus necesidades. No se necesita patriotismo, basta con el instinto básico de querer recibirlo todo sin entregar nada a cambio.
Conclusión: Una propuesta de tolerancia cero
Para cerrar, es imperativo plantear la primera gran interrogante que desarma el discurso de la piedad: ¿habría tanta alía (inmigración) de gente religiosa si supieran que tienen que hacer el ejército como todos? La respuesta implícita desnuda que, para muchos, el arraigo no es solo una búsqueda espiritual, sino el acceso a un refugio libre de las obligaciones más elementales de la supervivencia nacional.
La solución política no admite medias tintas y se fundamenta en un principio básico de justicia civil: tolerancia cero. Quien no participa en la defensa de la estructura del Estado, debe tener incidencia cero en sus decisiones:
- Pérdida de derechos políticos: Retirar todo privilegio democrático de elegir autoridades de ningún tipo, ni municipales, ni nacionales, ni zonales, ni siquiera para los clubes de fútbol. Quien se autoexcluye del deber de proteger a la nación, pierde el derecho a elegir a las autoridades de un país cuyo destino se niega a defender.
Esta propuesta no es una utopía sectaria; es completamente practicable porque cuenta con el apoyo de ciudadanos de centro, derecha e izquierda que se consideran patriotas y que cargan hoy con el luto y el desgaste del frente. Es hora de acabar con el parasitismo político de un falso militarismo oportunista. Quien quiera los derechos del César, que cumpla primero con las obligaciones del César.
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