Juntos Venceremos
martes 28 de julio de 2026

Alejandro Klein / Carta abierta a Javier Bardem donde le cuento la historia del padre de mi amigo

Sr. Javier Bardem, Ud. no pierde oportunidad para mostrar su antisemitismo. Un festival de cine, un acto deportivo, una entrevista, toda ocasión es propicia para que Ud. se arremangue y hable del “genocidio” israelí, de las pobres víctimas árabes, de las injusticias que lleva adelante el pueblo judío. 

Déjeme contarle la historia de una persona para ver si Ud. puede cambiar de opinión.

Para ver si Ud. se conmueve.

Esta persona creía en el mundo, creía en los valores de la vida, creía en la decencia y en el amor.

Sirvió en el ejército polaco, hablaba polaco y creía en los valores esenciales de libertad del pueblo polaco.

Probablemente nunca pensó en salir de Polonia y probablemente esperaba con mucha ilusión tener a sus hijos y a sus nietos en Polonia. Este señor solo quería una cosa sencilla y honesta: ser un ser humano entre el conjunto de los seres humanos.

Pero este señor, el padre de mi amigo, nació en un mal momento: a principios del siglo XX. Cuando fue adulto, cayó sobre él y sobre su familia el desastre de la invasión nazi a Polonia en 1939.

Y a partir de ahí este señor no dejó de descubrir cosas que fueron destrozando poco a poco su alma, su amor, su alegría por la vida.

Descubrió que los polacos eran tanto o más antisemitas que los alemanes.

Descubrió que los polacos a la primera oportunidad querían asesinar uno a uno a los miembros de su familia.

Descubrió que los polacos eran seres miserables que se restregaban las manos para robar las casas y los objetos de los judíos.

Porque ese fue el otro error de ese buen hombre que creía en los polacos y en la Humanidad: suponer que los judíos habían sido finalmente aceptados en Polonia y en la Humanidad. Finalmente reconocidos en su dignidad. Que un judío podía ser judío y además polaco.

Que un judío podía ser judío y además ser un Ser Humano.

Pero un judío es un judío y los polacos le dijeron a este señor que no era polaco, y el que hubiera servido en el ejército, que hubiera ganado una medalla, que hubiera trabajado por el bien de Polonia, eran todos pamplinas, porque los judíos solo merecían una cosa: destrucción, muerte y escupitajos en el cuerpo.

Así, por creer en la decencia de Polonia, este buen hombre tuvo que vivir el horror de cómo asesinaban a su familia en los campos de concentración.

Y tuvo que vivir con la esquizofrénica experiencia de pasar los años de la guerra encerrado en el granero de un campesino al que le pagó fortunas para que le permitiera quedarse allí.

Aislado del mundo durante años. Durante años con el terror de que el campesino o quien fuera lo delatara.

Seguro que, además de la muerte de su familia, este hombre tuvo que soportar el dolor del asesinato masivo de sus amigos, de su comunidad, de su pueblo.

Dicen que un hombre todo lo puede soportar.

Pero esas son estupideces, Sr. Bardem, porque el hombre tiene un límite para soportar el escarnio, la tragedia, la humillación, el insulto violento y salivoso de los hombres. La maldad insolente y sin límites de los Seres Humanos…

Y así este hombre tuvo que seguir huyendo aun cuando la guerra ya había terminado.

Y puso entre él y los polacos y los nazis un Océano Atlántico entero para sentirse seguro y a salvo del odio, la maldad, el estupro insolente de los hombres insignificantes que empuñan el odio para matar judíos o difamar a los judíos, como hace Ud., Sr Bardem.

Pero este buen hombre, el padre de mi amigo, tenía el corazón roto.

Ya irremediablemente roto y ya no se pudo recuperar del oscuro odio de sus perseguidores, de los ejecutores implacables de su hermana, de esos hombres hiena que durante años tuvieron la libertad absoluta de injuriar, asesinar, masacrar, pisotear los huesos y la decencia de los judíos.

Ese hombre tuvo tres hijos.

Y recuerdo aún a esos tres hijos, de pie, en un cuarto oscuro, cuando el rabino les hizo el corte en la camisa, para hacer el duelo cuando este buen hombre ya no pudo contener en su alma el fuego de la locura y la tristeza y decidió poner fin a tanta desdicha, tanta confusión, tanto desacierto.

Esta es la historia de este buen hombre, Sr. Bardem, al cual, casi 50 años después aún recuerdo callado y con sus ojos siempre mirando hacia otro lado, quizás buscando a esa Polonia llena de amor que él en su buena fe hubiera anhelado que existiera…

Esta historia, Sr. Bardem, es la historia del pueblo judío. Una historia de veinte siglos de una orgía frenética contra un pueblo indefenso, confundido, vulnerable. Un pueblo que cuando se le permitió quiso ser parte de la Humanidad, hasta que la Humanidad lo arrojó con desprecio y maldad repugnante a la cueva implacable de los Hornos Crematorios.

¿Se conmueve Sr. Bardem? ¿Sigue pensando que los judíos son odiosos y portadores de la Maldad? ¿No siente algo en su corazón de remordimiento, de piedad, de conmiseración?

Ud. no me conoce ni yo a Ud. Pero si un día Ud. quisiera Redimirse, le indicaré el lugar donde está la tumba de este buen hombre para que Ud. haga una oración por la Paz de su Alma.-

Dr. Alejandro Klein
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