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El padre en el judaísmo, ¿quiénes son nuestros patriarcas?

Rab. Winston se pregunta en un discurso: “¿cuántas veces una persona promedio usa la palabra ‘legado’ en el transcurso de su vida? – Probablemente ni una, hasta que se convierte en la palabra utilizada para referirse a un carro.”

Sin embargo, nuestro legado, lo que dejamos en este mundo, es una de las cosas más importantes que podemos construir en nuestra vida. Nosotros decidimos qué va a ser de él y en qué consiste. Decidimos cuál es el objetivo de las acciones que componen nuestros años y el sentido que le damos a las cosas que hacemos. Decidimos si nuestra herencia va a ser material, espiritual o cultural y a quién se la vamos a dar y enseñar para que la continúe. Al final, cuando nos vamos, se quedan los recuerdos de lo que hicimos, de nuestra vida y sobretodo nuestras enseñanzas.

Finalmente al morir nadie deja este mundo como lo encontró, así como tampoco llegó a un lugar vacío. Cada cosa que hacemos, cada cambio, cada logro construye el eslabón de una cadena, cubre un espacio en el universo que antes de nosotros quedaba abierto, pero sólo sucede si decidimos que así sea.

Uno hereda un legado duradero cuando decide incluirse en el camino y el trabajo que otros hicieron antes por él. Una cadena de metal siempre va a ser más resistente que una argolla sola. El hombre que decide retomar las enseñanzas de sus padres, o antecesores, para superar y acrecentar el camino que ellos recorrieron, tiene muchas más herramientas emocionales para lograr sus objetivos que aquel que se encuentra completamente solo. El primero tiene milenios de experiencia, el segundo lo que su corta vida le indique.

Sin embargo, cada uno construye en su presente esperando seguir influyendo en un futuro; cada uno espera que su trabajo en esta tierra y su misión sean continuados. Finalmente ese es nuestro legado, la forma en que somos recordados y los descubrimientos que hicimos; el sentido que le dimos a nuestra vida y la continuación de ese sentido.

En el judaísmo, la forma más segura y duradera de heredar un legado es a través de la familia y las tradiciones. En el caso del hombre es a través de la paternidad.

La concepción de la paternidad en el judaísmo ha sido mal interpretada en varios círculos. Como la madre es quien hereda la pertenencia al pueblo judío, muchos han llegado a creer, erróneamente, que el padre no puede heredar un linaje judío a sus hijos o que realmente no tiene un papel determinado dentro de la familia.

Sin embargo, no es así, el padre aunque no hereda la pertenencia al pueblo de Israel, sí hereda la pertenencia a una tribu una vez que el niño nace judío. Este honor lo ganó el hombre gracias al mérito de nuestros patriarcas Abraham, Isaac y Jacobo, quienes cada uno de ellos hicieron un pacto particular con D-os y bendijeron a sus hijos para que continuaran el camino espiritual que les habían regalado. Cada uno sin excepción retomó las enseñanzas de su padre y agregó un elemento clave para desarrollar una relación íntima con D-os.

Abraham descubrió que D-os es Uno y como tal es el dios de todas las criaturas. Luchó contra la idolatría toda su vida, logró abrirse hacia todos los pueblos, buscó siempre el bienestar de cada individuo y dejo su tienda abierta por las cuatro esquinas para ofrecerse a todo aquel que lo necesitará. Fue el hombre que abrió la posibilidad del gésed (amor y bondad) a este mundo. Sin él, el ser humano no conocería la importancia del respeto mutuo y el amor a su prójimo. De su semilla nació Isaac, quien aprendió la importancia del sacrificio personal y el servicio a D-os.

Nuestro segundo patriarca heredó la misión divina de su padre una vez que conscientemente fue llevado como sacrificio al monte Moriá. Él a sus 38 años de edad tuvo el control suficiente de sus emociones para entregarse plenamente a D-os. Para saber que su propia vida y su destino no estaban en sus manos, sino que debían ser dedicados a Aquel que le había dado vida; Aquel que hizo el cielo, el mar y reina sobre el sol. Isaac fue el hombre que mayor servicio a dado a D-os. Él entendió que el sentido de una vida es unirse y dedicarse a su Creador.

Mientras que su hijo Jacobo, exaltó la importancia del estudio, el discernimiento y la sabiduría. Todas las veces que la Torá se refiere a Jacobo habla de él como un tzadik (un sabio). Era un hombre que constantemente se dirige a D-os y lo tiene presente en su habla y su pensamiento. Dos eventos son básicos en su vida: el momento en que recibe la bendición de su padre y el momento en que recibe el nombre de Israel.

Cuando Jacobo se presenta frente a Isaac para recibir la bendición, se muestra con las manos de un guerrero, de un cazador y la voz de un sabio, de un estudioso: “La voz es la voz de Jacobo [estudioso], sin embargo, las manos son la manos de Esaú [guerrero].” (1) Jacobo no titubea en tomar las armas cuando es necesario, ni duda en bajarlas y ofrecer regalos cuando existe la posibilidad de obtener la paz. Recibe el nombre de Israel porque “lucha contra un ángel y gana”, según varios rabinos su propio ángel. Logra ir contra de la naturaleza del mundo entero, al mismo tiempo que acepta la verdad absoluta. Fue el único hombre capaz de encontrar el balance entre estos dos mundos.

El único de nuestros patriarcas que logró bendecir a todos sus hijos y heredar su legado a cada uno. De ellos, nace el pueblo de Israel, de ellos heredamos la perspectiva de lo que es ser un padre. El padre es el que te enseña el camino que te conviene tomar, el que te da un linaje y te incluye dentro de una tribu con un rol específico.

La labor de un hombre dentro de la familia es heredar un legado, es enseñarle a su hijo cómo conocer a D-os y cómo forjar el carácter necesario para poder seguirlo. Implica ser la fortaleza de la casa y sostener una familia en los momentos de mayor necesidad. Para ello necesita pararse todos los días al trabajo, enfrentar los problemas de la vida y poner buena cara, para que el viernes en la noche pueda santificar con dignidad el shabat sobre una copa de vino. Implica levantar la voz, poner el ejemplo y hacer el zimún frente a los invitados. Enseñarle a su hijo de trece años a ser cortés, a leer la Torá, a rezar en hebreo y ponerse una kipá. Porque de él depende “formar una nación de hombres justos.”

Nota:
1) Parentesis míos.
1.1) Según varios comentaristas, Esaú y Jacobo eran gemelos, lo único que distinguía su voz era que uno hablaba con rudeza y el otro con dulzura.

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