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ESTHER SHABOT

Las dos grandes corrientes interpretativas que conforman al Islam, el sunnismo y el chiismo, siguen conservando la hostilidad y desconfianza recíprocas que han caracterizado sus relaciones a lo largo de siglos de antagonismos teológicos y políticos. A pesar de que en algunos entornos islámicos se dan relaciones de convivencia y cooperación entre sunnitas y chiitas, lo que ocurre actualmente entre Egipto e Irán es una buena muestra de que falta aún mucho por recorrer para que ambas corrientes dejen de lado sus diferencias.

Como es sabido, Egipto es mayoritariamente sunnita, mientras que en Irán el chiismo es predominante. Ambas naciones pasan por crisis severas: Egipto porque no ha encontrado la estabilidad tras el derrocamiento de Mubarak y se halla sumido en luchas sectarias que agravan día con día su ya de por sí frágil economía, e Irán debido a su aislamiento internacional derivado de su empeño en no renunciar a su carrera nuclear. En ese contexto crítico Egipto e Irán decidieron hace no mucho restaurar sus relaciones diplomáticas rotas desde 1979. El presidente egipcio Mursi, sunnita y perteneciente a la Hermandad Musulmana, viajó tras su elección a Teherán, y luego su homólogo iraní, Ahmadinejad, estuvo en El Cairo. A partir del nuevo ambiente creado por estos cambios, Irán anunció que promovería el turismo de sus ciudadanos hacia Egipto, calculando que cerca de dos millones de ellos podrían visitar anualmente al país del Nilo.

El caso es que hace unos días llegaron a Egipto los primeros 58 turistas iraníes cuya presencia ha desatado polémicas, enfrentamientos diplomáticos e incluso violencia física. Los salafistas egipcios, en su calidad de sunnitas radicales, desconfían profundamente de la presencia de los iraníes en su país. Alegando que la intención de Irán es infiltrar su revolución khomeinista chiita a Egipto por medio de su turismo, consiguieron que el propio gobierno de Mursi impusiera una restricción importante a los viajeros iraníes: pueden visitar monumentos históricos, playas y sitios de recreación, pero les está vedado el ingreso a las mezquitas. Con esta restricción el ministerio de turismo egipcio intenta neutralizar los rumores cada vez más difundidos de que Teherán pretende comprar y administrar las mezquitas egipcias, rumor que ha generado profunda indignación entre los sunnitas, especialmente en los salafistas, quienes acusan a Teherán de querer exportar a su país el islam chiita de corte iraní.

El asunto ha cobrado mayores dimensiones a partir de las declaraciones en sentido opuesto de Mojtaba Amani, director de la oficina de intereses iraníes en El Cairo, quien argumenta que los turistas iraníes deben contar con el derecho de libre acceso a cualquier parte de Egipto y que de no ser así, muchas de las promesas de cooperación económica entre los dos países se vendrían abajo. El último capítulo de esta situación de protesta contra los visitantes iraníes ocurrió hace dos días cuando cerca de 100 salafistas egipcios irrumpieron con violencia en la residencia diplomática iraní en la capital egipcia, arrancaron la bandera de Irán y pusieron en su lugar la de Siria en alusión irónica a la complicidad iraní con el régimen de Bashar Al-Assad que, por cierto, representa al alawismo, pequeña rama inserta en el chiismo.

Ante este panorama, en el cual el elemento de confrontación sunnismo-chiísmo se vive con tanta intensidad, resulta bastante incierto que las relaciones de cooperación entre El Cairo y Teherán se vayan a dar como se planearon originalmente. De hecho, tal parece que en lugar de funcionar como factor de reforzamiento mutuo para paliar los efectos de las respectivas crisis que cada uno de estos dos países vive, esta nueva relación está echando más leña al fuego que cada cual enfrenta localmente a partir de sus particulares problemáticas.