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IRVING GATELL PARA AGENCIA DE NOTICIAS ENLACE JUDÍO MÉXICO – En las notas anteriores ya explicamos los datos generales respecto a las tres diferentes “biblias” que existían en el Judaísmo hace un poco más de 2 mil años: la de los Fariseos (antecedente de la Biblia Hebrea actual), la de los Helenistas (luego adoptada, aunque también alterada por el Cristianismo), y la de los Qumranitas (que cayó en el olvido tras el colapso de la secta durante la primera guerra judeo-romana).

A partir de esta nota vamos a analizar cómo está guerra de Biblias se extendió hasta nuestras épocas, aunque con otro tipo de matices. Para empezar, hagamos un repaso histórico de lo que vino después de la primera guerra judeo-romana (años 66-73).

Esta conflagración significó el fin del Judaísmo antiguo y el arranque de lo que, hasta hoy, llamamos Judaísmo Rabínico. Cronológicamente, coincide con el momento en que el Cristianismo estaba arrancando y consolidándose como una religión independiente.

Lo primero que hay que señalar es lo obvio: dado que la tendencia del Judaísmo que sobrevivió a la guerra sin mayores afectaciones fue la de los fariseos, la Biblia que se estableció como oficial en el Judaísmo Rabínico fue la que previamente habían preservado los fariseos. Entre los siglos VIII y X, para evitar confusiones en la lectura del texto (recuérdese que el Hebreo se escribe sin vocales), un grupo de eruditos llamados Masoretas desarrolló un sistema de notación de vocales para agregarlas al texto bíblico. Por supuesto, no podían ser letras en forma, porque eso hubiera alterado la escritura del texto en hebreo. Lo que diseñaron fue una serie de puntos o pequeñas rayas que se ponen debajo de las letras, y de ese modo se indica la vocal con la que se debe leer.

Por esta razón, al texto bíblico del Judaísmo Rabínico que ya tiene los puntos para evitar problemas en la lectura, se le llamó TEXTO MASORÉTICO; en consecuencia, cuando los especialistas hablan de los manuscritos bíblicos anteriores al siglo VIII, pero que son el claro y directo antecedente del Texto Masorético, les llaman Texto PROTO-MASORÉTICO.

Aunque luego habrá que hacer algunas aclaraciones, podemos decir entonces que la Biblia Farisea que heredó el Judaísmo Rabínico a partir del siglo II es, justamente, la Biblia Proto-Masorética.

Para ese momento, los judíos helenistas todavía conservaban su Biblia traducida al griego. Pero esto no duró mucho: justo desde inicios del siglo II su situación se empezó a complicar, primero al entrar en conflicto con el Imperio Romano, y luego al entrar en conflicto con el Cristianismo, que poco a poco se fue convirtiendo en la religión preponderante en Alejandría.

Hacia el siglo III, la otrora opulenta comunidad judía de Alejanría estaba en franco declive, y no pasó mucho tiempo para que desapareciera. Sus sobrevivientes abandonaron Egipto y, hasta donde ciertas evidencias señalan, se trasladaon a Europa. Allí se asimilaron a los modos del Judaísmo Rabínico, que por entonces estaba más que consolidado. Abandonaron su traducción griega de la Biblia, y se acostumbraron a usar la Biblia Farisea o Proto-Masorética.

Se dice que una de las razones por las que estos judíos abandonaron la Biblia en griego fue una especie de rechazo al Cristianismo. Como la nueva religión adoptó la Septuaginta (la traducción alejandrina de la Biblia al griego) como su Biblia oficial, los judíos la abandonaron.

Se trata de una perspectiva un tanto maniquea y a todas luces sesgada (es evidente el intento de acusar a los judíos como gente dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de rechazar todo lo que parezca cristiano). La realidad es más simple: se dejó de usar la Biblia en griego porque después de que los sobrevivientes de la comunidad judía de Alejandría dejaron Egipto y se establecieron en Europa, el griego dejó de ser un idioma de uso común entre ellos. En Alejandría usaban la Biblia traducida al griego porque todos hablaban griego (era el idioma callejero en esa ciudad). Pero fuera de la zona de habla griega (Grecia, la actual Turquía, Siria, Líbano, Israel y Egipto), esos judíos se acostumbraron a hablar en el idioma local. En consecuencia, la Biblia en griego dejó de serles útil, y poco a poco dejaron de usar las tres Biblias griegas que habían producido (primero la Septuaginta, y luego las versiones “corregidas” de Teodoción, Símaco y Aquila de Sínope).

Lo que sí es correcto decir es que la Biblia en griego (concretamente, la Septuaginta) fue adoptada por el Cristianismo. Era lógico: el Cristianismo primitivo se desarrolló en zonas de habla griega; luego entonces, su texto sagrado fue la Biblia en griego.

Los cristianos primitivos estaban conscientes de que su Biblia en griego tenía algunas diferencias con la Biblia en Hebreo usada por los judíos, e incluso con las traducciones judías de la Biblia al griego (es decir, las de Teodoción, Símaco y Aquila). Por eso, hacia inicios del siglo III, Orígenes de Alejandría se dedicó a recopilar todas estas versiones, y compuso su monumental Hexapla, un enorme volumen en el que se podían comparar seis diferentes textos bíblicos: el texto Hebreo preservado por los fariseos y heredado por el Judaísmo Rabínico, ese mismo texto hebreo pero transliterado a letras griegas, la Septuaginta, la versión de Teodoción, la de Símaco y la de Aquila. Dado el carácter monumental de la obra, su único ejemplar estuvo disponible sólo en la biblioteca cristiana de Cesarea (de la que Orígenes fue director), hasta su destrucción con la invasión árabe en el año 638.

Para ese momento, el Cristianismo ya se había extendido hacia la zona occidental del Imperio Romano, y prácticamente la mitad de las iglesias estaban en la zona de habla latina. Por lo tanto, ya se habían comenzado a elaborar las primeras traducciones de la Biblia Hebrea al latín.

El proceso de traducción concluyó en el año 382 cuando Jerónimo de Estridón concluyó su monumental obra, conocida como la Vulgata Latina. Curiosamente, no se basó en el texto griego usado por los cristianos de oriente, sino que prefirió remitirse al texto hebreo del Judaísmo Rabínico y, aparentemente, a la versión de Símaco.

La evidencia aportada por los manuscritos antiguos que se conservan de la Vulgata (así como del llamado Vetus Latina, que son las traducciones no uniformes previas a la Vulgata) y de la Septuaginta, muestran que durante la Edad Media hubo muchos casos de lo que llamamos “corrupción textual”. Con esto nos referimos a alteraciones en el texto que pueden deberse a varias razones. Las más frecuentes son que el copista confundiera dos renglones similares al momento de estar copiano, saltara de uno al otro y por ello omitiera un fragmento; o bien podía pasar que si estaba traduciendo desde un idioma que no era su lengua materna, podía confundir una letra y entender una palabra diferente; o, acaso el más notable de todos, que para explicar el significado de una palabra o frase extraña agregara una glosa al margen (una breve explicación), y un copista posterior confundiera la glosa con una corrección, pensara que por lo tanto era la parte original del texto, y la agregara en su nueva copia.

Los intentos por corregir la Septuaginta, como ya mencionamos, empezaron desde el siglo I; los intentos por corregir la Vulgata, desde el siglo VI. De cualquier modo, esto se tradujo en que en diferentes iglesias se tenían versiones distintas entre sí de la Biblia (en griego o en latín), y estas además no coincidían con el texto hebreo de la Biblia preservada por el Judaísmo Rabínico.

La imaginería popular, azuzada por el antisemitismo desenfadado de muchos jerarcas eclesiásticos, promovió la versión de que los judíos habíamos mutilado nuestra Biblia en Hebreo para quitar de allí todas las referencias y profecías que se habían cumplido en Jesús de Nazaret. Sorprendentemente, es un mito absurdo que sigue siendo aceptado en muchos de los círculos más recalcitrantes e ignorantes de algunos grupos cristianos.

Naturalmente, la perspectiva judía fue una reacción natural a ese dogmatismo: asumir que los errores en las Biblias cristianas se debían a que se habían basado en la Septuaginta.

En esas épocas, nadie estaba en condiciones de entender que, en realidad, esas diferencias sólo eran la versión actualizada de la Guerra de las Biblias que prevaleció al interior del Judaísmo hasta el siglo I EC.

Los nuevos aires intelectuales traídos por el Renacimiento y el Racionalismo trajeron una nueva mentalidad a partir del siglo XV. El advenimiento de la imprenta pronto se hizo sentir en el mundo de la filología bíblica, y en 1502 el Cardenal Jiménez de Cisneros, con el apoyo de los Reyes Católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, acometió la empresa de crear una edición políglota de la Biblia. Cisneros contó con el apoyo de varios especialistas: los judíos conversos Alonso de Alcalá, Pablo Coronel y Alfonso de Zamora se encargaron de los textos en hebreo y arameo; Demetrio Ducas (natural de Creta) y Hernán Núñez de Toledo, la parte en griego; y Antonio de Nebrija se encargó de la corrección de la Vulgata (la parte en latín).

El resultado fue una obra monumental en seis tomos; los primeros cuatro dedicados a la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento, el quinto al Nuevo Testamento, y el sexto una serie de herramientas para el estudio: un diccionario hebreo, otro arameo, un listado de nombres en hebreo, griego y arameo con sus respectivos significados, una gramática hebrea, y un índice latino para los diccionarios.

En los volúmenes dedicados a la Biblia Hebrea, se dispusieron tres columnas para poner juntos los textos en griego (extremo izquierdo), latín (centro) y hebreo (extremo derecho). Abajo, en el lado izquierdo la traducción al arameo de Onkelos, y al lado derecho su traducción al latín.

La obra, hasta la fecha, se conoce como Biblia Políglota Complutense, y es una de las obras maestras no sólo en la historia de los estudios bíblicos, sino incluso en la de la evolución de la tipografía de las imprentas. Justamente gracias a esto, y a diferencia de lo que sucedió con la Hexapla de Orígenes, de la Políglota Complutense se llegaron a imprimir alrededor de 600 copias, de las cuales sólo sobreviven 123. El trabajo quedó completo en 1517.

Unas décadas después, debido a que los ejemplares de la Políglota Complutense se agotaron y no se hicieron más reimpresiones, el especialista Arias Montano y el rey Felipe II decidieron hacer una nueva edición, aunque por alguna razón todavía desconocida, el trabajo se hizo en Amberes (Países Bajos) y no en España. Para ello, Arias Montano se llevó a Holanda los tipos de imprenta que se habían usado para imprimir las partes en griego, arameo y hebreo de la Políglota, así como los manuscritos que habían servido como base para todos los idiomas. Pese a la oposición de algunos eclesiásticos que acusaron a Arias Montano ante la inquisición, al final de cuentas el trabajo se realizó ya que siempre contó con el apoyo de Felipe II y el papa Gregorio XIII.

La nueva edición se conoce como Biblia Regia de Amberes, o Biblia Políglota de Amberes, y lo interesante es que además del contenido de la Políglota Complutense, agregó en la parte del Antiguo Testamento la versión conocida como Targum Jonatán (en arameo), y en la del Nuevo Testamento agregó la versión de la Peshitá Siríaca (también en arameo).

Desde entonces, los especialistas han podido identificar sin mucho problema las diferencias más interesantes entre los textos hebreo, arameo, griego y latín.

Por supuesto, en esas épocas no había modo de decidir cuál era “el original”. Muchos especialistas asumieron que, por simple lógica, en el caso de la Biblia Hebrea el texto original debía ser el Hebreo (es decir, el Texto Masorético conservado por el Judaísmo Rabínico), y por ello se empezaron a elaborar nuevas traducciones bíblicas cristianas basadas, para la sección del Antiguo Testamento, en el Texto Masorético.

Un ejemplo muy interesante de esta nueva postura teórica es el de Casiodoro de Reina. Religioso español que optó por convertirse al Protestantismo y que luego tuvo que huir hacia Suiza para huir de la inquisición, elaboró la primera traducción completa de la Biblia cristiana al español. Siguiendo los nuevos criterios de su época, ya no quiso basarse en la Vulgata Latina para traducir el Antiguo Testamento, y entonces recurrió al Texto Masorético.

Sin embargo, De Reina se topó con el detalle de que muchas citas del Nuevo Testamento al Antiguo no coincidían. En este aspecto, no pudo evitar ser derrotado por su propio posicionamiento confesional, y por ello “corrigió” el Texto Masorético, apoyándose en la traducción de la Biblia al latín que poco tiempo antes (1528) había publicado Sanctes Pagnino.

La postura de cada religión se mantuvo prácticamente monolítica hasta bien entrado el siglo XX, cuando los estudios de filología y ecdótica bíblica vivieron su mayor revolución con el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto. Ya mencionamos que entre los alrededor de 900 libros que se recuperaron allí, unos 250 son fragmentos de copias de libros bíblicos.

Lo interesante es que se recuperaron versiones variadas de muchos de esos libros. La gran mayoría de los manuscritos están directamente emparentados con el texto Proto-Masorético, pero hay otros que están claramente vinculados con la Septuaginta, con la singular característica de que no están en griego.

Poco a poco, los especialistas lograron armar muchas piezas de este rompecabezas, y hoy tenemos una idea más clara de qué fue lo que sucedió en la antigüedad y que generó la aparición de las diversas versiones bíblicas.

Y eso lo vamos a explicar en la próxima nota.

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