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Enlace Judío México.- Juan Preciado, el protagonista de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, nunca en verdad pensó que le cumpliría la promesa que le hizo a su madre de que iría a Comala en busca de su padre. “Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Así somos los seres humanos que aún estamos vivos. Prometemos cosas a los que van a morir para que se vayan tranquilos al más allá, y luego no siempre cumplimos. Cuando Juan llegó a Comala, ya estaba muerto él mismo. “Si lo sigue buscando ya sólo puede hacerlo entre los muertos”, le dicen. Cuando llegó a buscarlo, ya todos estaban muertos y lo único que Juan pudo obtener de su padre, es el cuento de su vida. Eso nos pasa a veces. La vida es un cuento. Y los muertos, muertos son.

SHULAMIT BEIGEL EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO MÉXICO

Todos nuestros muertos, ya están bien muertos. Ya ni siquiera son ánimas redivivas que andan sueltas por la calle cuando oscurece, como nos dicen en los pueblos. Ya no son aparecidos tampoco, ni fantasmas, ni almas en pena que siguen viviendo y cuyos pecados, aún sin expiar, no les permiten descansar definitivamente. Todos nuestros muertos son todos tus muertos. Ni zombies recalculando lo que va de la muerte a la vida, como nos muestran ciertas cintas de ficción.

A lo largo de la historia de nuestro mundo, se ha ido desarrollando el tema de la mayor preocupación existencial del hombre: ¿Dónde están los que se han ido? ¿Adónde iremos nosotros tras la muerte? Este planteamiento, de raigambre filosófica y metafísica, es el motor de todas las religiones. Algunos podemos pensar que no hay nada más allá de la muerte. Otros, con un contenido religioso-moral, creen que después de la muerte el alma (neshama), vive eternamente en otro lugar, en el Paraíso tal vez, o en el Infierno). Si el hombre no vuelve de la muerte, la metempsicosis es una entelequia de los vivos.

La Embajada de México en Israel también tuvo un acto para el Día de los Muertos en una celebración tradicional, honrando a los difuntos. Y si algunos israelíes consideraron que este día es algo macabro, es porque no saben que la misma Unesco en el 2008 declaró a esta festividad del culto a la muerte como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de México. Si el altísimo recuerdo de la humanidad lo dice, que el mundo entero tenga siempre presente a los muertos del pueblo azteca.

El culto a la muerte en México no es algo nuevo, pues ya se practicaba desde la época precolombina. Asimismo, en el calendario mexicano, se puede observar que entre los 18 meses que forman este calendario, había por lo menos seis festejos dedicados a los muertos.

Da miedo pensar en ello, pero el paso de la vida a la muerte es un momento emblemático en nuestras vidas, que ha causado temor e incertidumbre al ser humano a través de la historia. Por muchos años, en diversas culturas se han generado creencias en torno a la muerte, que han logrado desarrollar toda una serie de ritos y tradiciones ya sea para venerarla, honrarla, espantarla e incluso para burlarse de ella. En México un país tan rico en cultura y tradiciones, uno de los principales aspectos que conforman nuestra identidad como nación es la concepción que se tiene sobre la vida, la muerte y todas las tradiciones y creencias que giran en torno a ellas. Por ello cómo vamos a tenerle miedo si es parte de nuestra vida. No veles a tus muertos, recréalos eternamente en el ethos mexicano.

Si me han de matar mañana que me maten de una vez.

“La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida”, dice Octavio Paz. Cuando llega, ya no vamos a cambiar, más que para desaparecer para siempre. Y si nuestra muerte está desprovista de sentido, tampoco la vida tuvo un sentido, dice el poeta mexicano. Por eso, cuando alguien muere de manera violenta se dice: “él se lo buscó”. Y es que según Paz, cada quien tiene la muerte que se merece. Hay que morir como se vive. “Dime cómo mueres y te diré quién eres”.

Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida simplemente se prolongaba en la muerte. Y al revés igual.

Hoy todo ha cambiado, y la indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares muestran que la muerte no nos asusta, porque la vida nos ha curado de espanto… como dice el dicho popular. Y la vida vale madres….

Matamos porque la vida, la nuestra y la de los otros, no vale nada. La vida no vale nada, dice la canción ranchera, y si me han de matar mañana que me maten de una vez…La muerte está presente en nuestros juegos, canciones, nuestros amores y pensamientos. La muerte nos seduce. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único que vale es la muerte misma.

Hoy en los cementerios en México, aparecieron como cada año por estas fechas, calaveras de azúcar, esqueletos coloridos, representaciones populares que son siempre una burla a la vida y una afirmación de la nada. Y es que la existencia humana, dicen los mexicanos, es insignificante.

Hoy, día de los muertos, se comieron panes que parecen huesos, y se bailó con la muerte que supuestamente a nadie asusta.

Y si le preguntas a un mexicano que qué es la muerte, probablemente te responderá que no sabe, pero que tampoco le importa…”Qué me importa la muerte si no me importa la vida…”

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Llegué de Israel a México a la edad de siete años. La primaria y la secundaria las hice en el Colegio Hebreo “Tarbut”. Mis recuerdos de aquella época son excelentes. Mi primer trabajo como periodista, lo hice recortando periódicos en la Embajada de Israel, en el departamento de prensa, a cargo en aquel entonces, de Sergio Nudelstejer. La prepa, fue en la Escuela de la Ciudad de México, en Campos Elíseos, que me permitió conocer otra gente y otros aspectos de la vida mexicana. Estudié y me gradué en antropología y en letras, en la universidad de las Américas, en Cholula. La maestría, en Antropología, fue en la UNAM. Antes de incursionar a la universidad viví en Teloloapan, Guerrero, haciendo trabajo de comunidad y siendo jefa de organización campesina para varias instituciones gubernamentales. Viví varios años en Israel. En esa época, los ochentas, fui productora de Ariel Roffe y Erika Vexler para Televisa desde Medio Oriente. Tuve una columna que se llamaba “Burbujas” en el periódico israelí en español Aurora, otra, “Al Margen” en la revista Semana, que ya no existe. Viví cuatro años en Caracas, cuando mi ex esposo fue sheliaj del KKL. Actualmente vivo entre Londres y Venezuela, he dejado de creer en la política y mi pasión es la literatura, el cine y la música. Confieso que ya no tengo grandes respuestas ante la vida, pero que soy muy feliz.

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