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El día de ayer, 4 de noviembre, se cumplieron 25 años del único magnicidio en la historia de Israel: el asesinato del entonces primer ministro Yitzhak Rabin. Dicho suceso cambió el rumbo del Estado judío y sigue teniendo implicaciones hoy en día. Para muchos, como el aclamado escritor David Grossman, no solo fue Rabin quien fue asesinado esa noche, sino la esperanza de paz entre Israel y Palestina. Con motivo de entender por qué y cómo llegamos hasta este momento, debemos rebobinar.

Rabin nació en Jerusalén en 1922, hijo de dos pioneros de la tercera ola de inmigración judía a los territorios que hoy son Israel. En la escuela, Rabin destacó por su capacidad intelectual. Cuando decidió unirse al ejército clandestino de la Haganah en 1941, ascendió los rangos de éste rápidamente, logrando rescates importantes como el de los sobrevivientes del Holocausto atrapados en Chipre.

Siete años después, en la guerra de Independencia, ya se había consolidado como comandante de una de las secciones de élite de las fuerzas israelíes. Sin embargo, fue en ese tiempo cuando llevó a cabo la expulsión de 50,000 personas árabes de las ciudades de Lod y Ramla. Para los palestinos, a esa eventualidad se le conoce como la nakba. Posteriormente, encabezó el recién creado ejército nacional, el Tzahal, un puesto que desocupó un año después de la victoria israelí en la guerra de los Seis Días para convertirse en el embajador en Estados Unidos.

Regresó a Israel en 1973 a liderar el Partido Laborista. En 1974, tuvo su primer periodo como primer ministro, que sobresalió por supervisar la Operación Entebe de rescate a ciudadanos israelíes en Uganda. De 1984 a 1990 fue ministro de Defensa. En 1989, Rabin prometió “romper los huesos” de los palestinos involucrados en la primera intifada. Finalmente, en 1992 comenzó su segundo término como premier, en el que negociaría los Acuerdos de Oslo, con su contraparte palestino Yasser Arafat. 

Los Acuerdos de Oslo marcaron el principio de los procesos de paz entre Israel y Palestina. En el proceso de su firma, la OLP reconoció por primera vez la existencia del Estado de Israel, mientras el gobierno israelí aceptó el hecho de que los palestinos constituyen un pueblo. El plan acordado estaba diseñado para eventualmente llevar a cabo la constitución de un Estado palestino. Es importante recalcar que las negociaciones de paz marcaron un parteaguas en la vida de Rabin, ya que éste era visto como una figura de “mano dura” que había ayudado a perpetrar la ocupación israelí en Palestina. 

En los 90, la mayoría de los ciudadanos israelíes comenzaron a aceptar la posibilidad de la creación de un Estado Palestino. El ambiente, según historiadores, era el de una paz inminente. No obstante, una minoría vocal se oponía a los Acuerdos de Oslo y consideraba a Rabin un traidor, incluso lo comparaba con Hitler. En Israel hubo campañas dedicadas a “eliminar a Rabin”, mismas que culminaron con el magnicidio del primer ministro a manos de Yigal Amir.

Para entender la figura de Amir, es necesario comprender su contexto y sus motivaciones. Después de la conquista de Cisjordania en la guerra de los Seis Días, algunos israelíes guiados por un aire nacionalista, se asentaron en los territorios recién conseguidos, pues supusieron que en la guerra hubo intervención divina y que el territorio de la Gran Israel bíblica les pertenecían. El movimiento siguió creciendo y en los 90 era tan grande como nunca antes.

Yigal Amir pertenecía a un grupo radical que pensaba que sería justificable matar a Rabin para no otorgar los territorios. En múltiples manifestaciones, en las que participaron líderes derechistas como Benjamín Netanyahu, se pedía el asesinato del entonces premier, que se materializó el 4 de noviembre de 1995. Así, aunque Amir haya actuado de forma solitaria para jalar el gatillo, hay que recordar que estuvo empoderado por una ideología de un grupo importante de la sociedad.

Después del asesinato de Rabin, asumió el poder Shimon Peres, quien fue incapaz de contener una ola de ataques terroristas que sucedieron al asesinato, así como de avanzar en las negociaciones de los Acuerdos de Oslo. Al no concretar la paz y con una sociedad dividida, se llamaron a unas elecciones que sorpresivamente ganó Benjamín “Bibi” Netanyahu, ya que comenzó con una desventaja de 20 puntos porcentuales en las encuestas. Netanyahu corrió bajo una campaña en donde se pintaba a sí mismo como un cuidador de la seguridad. Asimismo, representaba a los palestinos como gente a la que no se le podía confiar. En el primer mandato de “Bibi”, se detuvieron las negociaciones con la OLP, lo que desencadenó un círculo vicioso de desconfianza que permanece hasta nuestros días.

Para bastantes ciudadanos palestinos, Rabin era un símbolo de transformación y de esperanza. El mismo hombre que cinco años antes había prometido “romperles los huesos”, reconocía y respetaba su deseo de tener un Estado. Igualmente, para muchos israelíes, Rabin emanaba la valentía de sentarse con el enemigo y negociar con él. No obstante, cuando la confianza está en su punto más alto es cuando más fácil se puede romper. Los palestinos, al ver que el gobierno de Netanyahu los seguía atacando con el ejército, volvieron a desconfiar en los israelíes. Los israelíes, al ver que los ataques terroristas proliferaban de nuevo, volvieron a desconfiar de los palestinos.

Yigal Amir es de los asesinos más exitosos de la historia, pues no solo mató a un hombre, sino que mató a una idea y el destino de dos pueblos. Hagai Amir, quien fue cómplice de su hermano en el asesinato de Rabin, lo sabía perfectamente. Días después del magnicidio, le escribió una carta a Yigal que decía: “De acuerdo con el judaísmo, matar un rey es profundamente significativo. Afecta a toda una nación y altera su destino”.

En conclusión, admiro a Yitzhak Rabin por estar dispuesto a tragarse su orgullo y cambiar su postura para conseguir la paz. Además, creo que políticos como él hacen falta en todo el mundo: personas pragmáticas y valientes, que estén dispuestas a verse ojo a ojo con su enemigo y negociar, en vez de insultarlos con palabras vacías desde lejos.

 


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