Un refrán dice que “los judíos e italianos curan la tristeza comiendo”.
Lo cierto es llevamos mucho tiempo, más de un año, con una sensación que quizá se describe con el famoso “seudade” en portugués, que es una especie de melancolía pequeña, una añoranza manejable que de repente nos desgaja un suspiro.
No es para menos. La guerra, los secuestrados, los soldados caídos o con meses de no ver a la familia, la traición de la ONU, de la izquierda, los atentados que ocurren casi a diario.
Es mucho, pero no suficiente.
En el judaísmo está prohibido incrementar la tristeza. La autocompasión, victimizarse, son rasgos de narcisismo, porque es dedicar demasiado tiempo a uno mismo y a los pensamientos obsesivos.
No es que estar triste sea malo, al contrario, es una oportunidad para conocerse a uno mismo.
Dicen los comentaristas de la Torá: “El hombre sabio tiene la convicción de la limitación de sus conocimientos, pero el tonto cree que lo sabe todo”.
El hombre humilde acepta calmadamente todo aquello que él no pueda cambiar, por lo cual nunca está innecesariamente triste.
La meditación y la oración son el método para combatir la tristeza, además de descanso y buena alimentación.
Y para eso está la comida callejera, que a altas horas de la noche, aporta energía para mitigar las preocupaciones del día.
Hay, como en todos lados la comida chatarra, el pan dulce, las golosinas, pero lo común es el falafel a la manera tradicional: dentro de pita y bañado con humus o thine o ambos. Nutritivo, no tan barato, unos 4 dólares, pero con sabor a Medio Oriente.
De camino a casa, en autobús casi vacío, nada mejor para la melancolía que el falafel y quizá mirar en el movil los videos del canal ENLACE JUDÍO.
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