Juntos Venceremos
sábado 18 de julio de 2026

Israel, una nave cósmica que sabe que puede desaparecer en cualquier momento y por ello reconoce el valor de la vida

Esta es la segunda vez que hago residencia en Israel, y había olvidado un poco su sentido del tiempo y de la humanidad. A veces me preguntan desde América Latina por qué no explico más mi día a día. Pero es que no hay tiempo para eso.

Me voy a justificar muy crudamente: en América Latina hay tiempo para todo: todo se detiene en los cumpleaños, hay días libres para tirar al techo, todas las semanas se descansa sábado. Y domingo, la gente llega tarde (lo que a veces significa que duermen un poco más, o se les va tiempo con alguien que consiguieron en el camino), en muchas ciudades las navidades comienzan realmente en noviembre (a veces en octubre) y ese sentimiento flotante de que todo es fiesta, no vuelve a la realidad hasta mediados de enero. Mucha gente bebe hasta destrozarse dos neuronas, lo que significa que no llega a tiempo al trabajo al día siguiente. Y todo funciona así.

En Venezuela, es aun peor. Desde que el Estado destruyó el valor del trabajo, y la economía se sostuvo por el valor de las minas y el narco, el feudo-chavismo prácticamente arrinconó a la sociedad a no hacer nada, a vivir de cola en cola y, por ejemplo, obligó al venezolano a tener tanto tiempo que pueden caminar kilómetros para una cita, porque el transporte público es prácticamente inexistente.

El tiempo no es oro en Venezuela, solo el oro es oro.

Sin embargo, a diferencia de los EEUU, donde también se trabaja muy duro, en Israel se invierte mucho tiempo de calidad en mejorar las relaciones humanas.

Las tradiciones de origen religioso, o la misma religión, esquematizan el uso del tiempo de manera que uno termina concentrándose en hablar bien del otro, en hacer bendiciones, en discutir con vigor, e incluso gritar, pero mostrando grandes cantidades de amor.

Ese tiempo se siente en las sinagogas, claro, pero también en la bendición callejera de un extraño, en el cambio de ánimo del chofer de autobús, en la disposición a dar y regañar, en las miradas…

De Israel se obtiene la grata y profunda sensación de una neurosis: La realidad es dolorosa y adversa, pero ¿cuándo eso nos ha detenido? En América Latina es otra la neurosis: La realidad es dolorosa y adversa; huyamos, no hay nada que hacer.

Hace diez minutos cayeron misiles desde el Yemen en el área donde vivo.

Fueron destruidos en el aire. Si milagros como esos suceden todos los días, es lógico que eso moldee el sentido de supervivencia, pero, también y, sobre todo, el sentido muy profundamente arraigado de que cada alma judía cuenta, así como cada israelí (druso, cristiano, árabe o beduino) cuenta.

Los hijos de Israel junto al pueblo de Israel. Estamos en esto juntos.

Los drusos vuelven a sus raíces en Israel. Los árabes que nacieron dentro de las fronteras, que antes se sentían cómodos con el término “palestinos”, hoy se sienten mejor como árabes israelíes. Los inmigrantes latinos traemos nuestras yucas y plátanos y, claro, la salsa cumbiambera, enriqueciendo ese sentido amoroso del nosotros israelí. Los etíopes, los rusos, los franceses son recibidos por el israelí de cuño, y se integran en solo pueblo, por la magia ancestral de saber que הכל יהיה בסדר (todo estará bien).

Es que Israel parece una pequeña metáfora, de apenas 22.000 Kms2, de toda la esfera terrestre.

Israel, con la mano derecha, mejora la oncología, la nanotecnología, la filosofía, la agrotecnia, la ecología, la informática, el cine, la plástica, y muchas otras cosas,

Mientras que con la izquierda nos defendemos de siete frentes militares que quieren borrarnos de la faz de la tierra, así como de manifestantes antisemitas que sueñan con nosotros mojados en sangre, cada noche.

Un pedacito de tierra, de 9 millones de habitantes, que es una metáfora de la Tierra orbitante. Un pedacito del planeta, una nave cósmica que sabe que puede desaparecer en cualquier momento y, por eso, reconoce el valor de la vida.


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