Juntos Venceremos
sábado 18 de julio de 2026

Rabino Yerahmiel Barylka / Redescubriendo Pesaj

Guardo en mi memoria los recuerdos entrañables de los sedarim que se celebraban en mi hogar cuando era un niño, aún vestido con pantalón corto (y esto no es una metáfora). Cantábamos canciones con entusiasmo desbordante y escuchábamos explicaciones sin fin, muchas de las cuales olvidaba al día siguiente.

Compartíamos un vino dulce elaborado en casa, de graduación alcohólica misteriosa que aseguraba momentos de alegría sincera e intensa. Todo se desarrollaba conforme a las tradiciones, respetando y aumentando las restricciones alimentarias. Aquellos días representaban más que una festividad: eran un vínculo inquebrantable con el legado y el espíritu de Pesaj.

Pesaj siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Lo que más me maravillaba eran los preparativos de limpieza, que parecían sacados de una coreografía meticulosa. Uno de los rituales más peculiares era quitar los elásticos metálicos de las camas y quemarlos con un mechero de queroseno, acto imposible de imaginar en nuestro tiempo. Las mesas de madera, comunes en nuestro hogar, recibían un tratamiento especial: eran repasadas con una plancha alimentada con carbón caliente en su interior que, en ese entonces, era de último modelo pero que hoy parecería una pieza de museo.

Mientras tanto, mis hermanos y yo nos dedicábamos a jugar con la manguera, empapándonos alegremente en pleno otoño, aunque irónicamente estábamos por celebrar la Fiesta de la Primavera. La aceptación de esa contradicción estacional entre los hemisferios, sigue pareciéndome curiosa.

Mi comprensión sobre Pesaj y su significado se desarrolló en etapas. En el jeder, en la yeshivá y más tarde leyendo a historiadores y filósofos, aprendí sobre la esclavitud, aunque me llevó años realmente entender su profundidad. En mi imaginación infantil, veía niños atrapados en las paredes y otros lanzados al río, imágenes tan vívidas que sembraron en mí un temor a nadar que ha perdurado toda mi vida. Memorizar las diez plagas era parte de la tradición, aunque el significado detrás de ellas quedaba, en gran medida, fuera de mi alcance. El relato del cruce del Mar Rojo era el momento más impactante. El cruce del pueblo entre las aguas, congeladas en dos imponentes mitades, era el escenario épico de nuestra liberación.

Mis héroes en esa historia eran Moshé, Aarón y Miriam. Con su liderazgo, nos guiaron no solo hacia la libertad, sino también hacia un entendimiento más profundo de lo que significa mantener la fe y la esperanza incluso en las circunstancias más desafiantes.
Algunos amigos, solían relatarme sus cenas familiares en Pesaj, reuniones en las que la esclavitud y la libertad rara vez eran tema de conversación. En su lugar, las charlas giraban en torno a viajes, automóviles nuevos y las carreras de sus hijos, convirtiendo la festividad en un escaparate perfecto para presumir logros personales y materiales.

Con el tiempo, asumí la responsabilidad de presidir los sedarim, a los que, entre otros, asistían decenas y hasta centenas de invitados que no conocían las canciones tradicionales ni podían leer en hebreo. Nos esmerábamos en explicar los textos, pero era evidente que muchos no lograban conectar con el significado profundo de la celebración. Las miradas de tedio eran un testimonio silencioso… hasta que llegaba el momento de la cena. Entonces, como por arte de magia, el ambiente se transformaba: la matzá y el pescado relleno lograban despertar el entusiasmo general, y los comensales encontraban razones para apresurarse a los postres, dejando la Hagadá sin completar. Muchos de ellos, adquirieron el gusto por ese modelo de Seder y buscaron manera de remedarlos y lo agradecieron.

Una nueva conciencia de Pesaj llegó a mí durante mi labor como rabino capellán en institutos penales. Cuando los internos judíos fueron convocados para celebrar el Seder el director de la cárcel con una claridad brutal, les dijo que ellos eran quienes mejor podían comprender lo que significaba carecer de libertad. La escena, tan lúgubre como el propio centro de detención en el que nos encontrábamos, estaba impregnada de un simbolismo profundo.

Sin embargo, esa experiencia no fue suficiente para comprender plenamente el mensaje de Pesaj. Fue la guerra de Simjat Torá la que, en mi vejez, terminó de abrirme los ojos.

LA GUERRA CAMBIÓ MI PERCEPCIÓN DE LA LIBERTAD

En el otoño israelí de 2023, Hamás lanzó un ataque coordinado por tierra, mar y aire, sumiendo a Israel en un estado de horror indescriptible.

Por primera vez, me sentí realmente privado de libertad junto con toda la población israelí oyendo y viendo a las familias de los secuestrados algunas de ellas conocidas por mí, en manos de asesinos que no sólo deseaban matarlos sino también deshumanizarlos.

Hoy, somos un reflejo de los judíos en Egipto: confinados, limitados, degradados, incapaces de vivir plenamente según nuestros deseos. Pero no hablo solo de la esclavitud física; me refiero también a las cadenas modernas que nos atan al trabajo interminable, a las pantallas de ordenadores y teléfonos que consumen nuestra atención y nos desconectan de lo esencial. Nos hemos adaptado a una realidad que no podemos aceptar como definitiva. Es imperativo transformarla.

La guerra nos provoca cicatrices profundas, y ahora enfrentamos el desafío de aprender a convivir con el trauma que ha marcado nuestras vidas. Pero no basta con sobrevivir; debemos encontrar la manera de reconstruirnos, de recuperar nuestra libertad en todos los sentidos y de recordar que incluso en los momentos más oscuros, la redención es posible e imprescindible.

Pesaj nos recuerda que la redención no se alcanza a través de un delegado ni de un ángel, sino a través de Dios y de quienes tienen el valor de arriesgarlo todo para liberarse de las cadenas de la esclavitud. Esta enseñanza, profundamente arraigada en nuestra tradición, es una lección que no podemos permitirnos olvidar, especialmente en los momentos de adversidad y penurias indescriptibles.

A lo largo de la historia, muchos han optado por la aparente comodidad de la esclavitud en lugar de enfrentar el desafío de la libertad. Sin embargo, Pesaj nos brinda cada año la oportunidad de reflexionar y decidir cómo queremos vivir: como los hijos de faraón, sometidos a las imposiciones de un destino ajeno, o como los liberados, que caminaron durante cuarenta años en el desierto con la mirada puesta en un destino que valía cada paso, cada sacrificio.

Pesaj no es sólo una conmemoración; es una elección renovada, un compromiso con la libertad y el propósito que define nuestra identidad.

Entendí que nuestra soberbia y confianza excesiva nos habían hecho cautivos de nuestra propia manera de pensar. Nos habíamos distraído con el lujo y el boato, olvidando que la libertad debe protegerse cada día, como un tesoro frágil. Gobiernos tramitaron el pago a los asesinos para no afectar nuestra comodidad.
Siempre me reí del pensamiento de tantos educadores de poder vivenciar hechos en los que no tuvimos parte. Cuando los rabinos diseñaron el Seder pensaron que lograrían que los participantes se sientan protagonistas de la redención, tal como indica la Hagadá: “En cada generación, uno debe verse a sí mismo como si hubiera salido de Egipto“. Pero, la realidad es mucho más compleja que una vivencia teatral, es un drama que se vive con totalidad o no se vive.

La preparación para Pesaj no se limita a eliminar el Jametz (pan leudado) de nuestros hogares; también es una invitación a purificarnos de las cadenas internas que nos impiden alcanzar la libertad verdadera. Es una oportunidad anual de reflexión que no podemos tomar a la ligera.

Ya no podemos recitar los textos de la Hagadá de manera automática, sin cuestionarlos ni comprenderlos plenamente. Pasar por alto que, durante siglos, hubo intentos por borrar el significado de la redención y la enseñanza central de Pesaj sería renunciar a la esencia misma de la festividad. Pesaj nos recuerda que la libertad no nos fue regalada, ni entonces ni ahora. Es un bien precioso que debe ser protegido a cualquier costo.

Incluso en Mitzraim (Egipto) y en el desierto, hubo hermanos que eligieron no liberarse. Este hecho nos muestra que la libertad requiere más que voluntad; demanda sacrificio y determinación. La redención no fue obra de un delegado ni de un ángel, sino del Dios único, que fue seguido por una minoría decidida a arriesgarlo todo, incluso la vida, para romper las cadenas de la esclavitud.

Aquellos valientes no solo se unieron en un propósito común, sino que soportaron penurias inimaginables durante cuarenta años en el desierto, convencidos de que el destino valía cada sacrificio. Ese legado nos desafía a recordar que la verdadera libertad nunca será cómoda ni fácil, pero siempre será un destino que vale la pena alcanzar.

AHORA ENTIENDO EL PAPEL DEL HIJO MALVADO

El Rashá de la Hagadá nos desafía con su pregunta: “¿Qué es esta avodá (este servicio) para ti?” Para ti, y no para él. En su arrogancia, se aparta de la comunidad y se convierte en un negador de la esencia del judaísmo. No es ignorante; es posible que su conocimiento supere incluso al del jajam. Pero su elección de mantenerse al margen, dejando que otros asuman la tarea de la redención mientras él observa desde la distancia, lo reduce a un fatuo, presuntuoso y vanidoso, cuyo judaísmo se revela hueco y sin fundamento.

Nos acercamos a Pesaj con una excitación nerviosa que debe impregnar cada aspecto de nuestros preparativos. Las mitzvot de la festividad nos exigen abrir los ojos a facetas de nuestra tradición que quizás hemos ignorado en el pasado, pero que hoy no podemos ni debemos pasar por alto.
Pesaj casher vesameaj. Que esta festividad nos inspire a redescubrir el verdadero significado de la libertad y el compromiso con nuestra comunidad, nuestro pueblo, nuestra Mediná.
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