Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026
Estado de Israel

Daniel Castro Aniyar / Israel. Nuestro Israel

Desde los tiempos más antiguos, los viajeros vienen con noticias de Israel. Antes de Mark Twain, antes de los cruzados, antes de Flavio Iosefo, antes del tiempo de los profetas, e incluso en el tiempo de las Estelas egipcias, se oyen noticias de Israel. Tanto así ha sido el impacto de la Torá y de los hijos de Yaakov en las cosas del mundo (y no solo las religiosas), que el mundo ha estado recibiendo noticias de esa remota franja de tierra, al menos, en los últimos 3500 años.

“Que hay un rey que baila cuando derrota a sus enemigos”, “Que sus tierras fueron abandonadas y ahora solo pululan mosquitos”, “Que fueron derrotados por siempre por los guerreros del Faraón”, “Que tienen armas deslumbrantes en el desierto”, “Que inventaron el tomate cherry y el USB”… siempre hay un cronista, un cartógrafo, un inspirado profeta, un poeta, un periodista, no judío, que dice que “algo está pasando en Israel”.

Esta es una nueva explicación de Israel. Imprescindible para entenderlo.

Lo primero que sorprende de esta tierra es que, a pesar de conocerse como una potencia en el centro de los debates más álgidos, es un paisito. Es algo chiquito y simple, por donde lo veas. Su clase social fundamental es clase media baja. Sus edificios de los años 50, 60 y 70, están carcomidos por el tiempo. Su aeropuerto no es más sorprendente que un aeropuerto secundario latinoamericano. La gente se viste simplemente, camiseta de Shein, bermudas sin importancia y el 50% ha cambiado sus emblemáticas sandalias por zapatillas de goma de marca (Nike, Sketcher y Adidas) y  otro 50%, marcas absolutamente desconocidas, pero que encontraron un mercado de gente que no vive de la apariencia de la marca.

Son increíblemente unidos y descarados. Amorosos y directos. Románticos y morales. Hay gente físicamente hermosa pero, en general, no son tan bellos. Parecen ser más bien como el residuo inteligente de otras naciones altivas, bellas y poderosas (como los turcos, o los madrileños), pero con bastante menos glamour. En la calle, a diferencia de los EEUU o Latinoamérica, no puedes saber quién heredó una fortuna kibutziana, quien desarrolló Waze, o quien trabaja en el departamento sanitario. Tampoco lo ves en la ropa del Shabat en la sinagoga. No se ve. Hay que preguntar, y muchas veces uno se sorprende.

Es un país mínimo. Hago referencias para hispanohablantes: Más pequeño que el Zulia. Más pequeña que la costa ecuatoriana. Del tamaño de New Jersey. La tercera parte de Cuba. La octava parte de La Florida. La cuarta parte de Guatemala, Honduras o Nicaragua. La tercera parte de Andalucía. La tercera parte de Portugal. La tercera parte de Uruguay. Para un latinoamericano o un norteamericano es angustiante ver que el país se termina rápido cuando uno maneja.

Expliquemos con una anécdota. En el aeropuerto dos haredim (ultraortodoxos, de terno negro y rulitos al frente) subían la escalera eléctrica, el religioso que estaba detrás se cayó estrepitosamente de espaldas y quedó colgado de una maleta, con la cabeza en el aire. Dos presentes, no haredim, con kipá ordinaria en la cabeza, lo cogieron en el aire. Para eso tuvieron que correr unos 60 metros para llegar hasta el cuerpo colgando. Con el cuerpo entre sus manos, coordinaron una acción y uuuup, lo levantaron.

No había ni policías ni guardias ni soldados. Los tres se miraron de frente, muy de cerca, como si fueses conocidos, sonriendo, tocándose y bromeando. Era más que gentileza. Dos semanas después un soldado haredí impidió una masacre mayor en Jerusalem.

Lo que de afuera parecen tribus irreconciliables, desde adentro no lo son para nada. Es la historia común, el enemigo externo, la diversidad es enorme, pero la unidad creciente de este pequeñísima nación de apenas 9 millones de personas es visible para el que lo vive. Y por eso, con excepción de los haredim, esa milenaria diversidad, se mezcla y se casa entre sí, creando un homus israelis de ya varias generaciones. Como viajando todos en medio del mar en un barco que es una cáscara de nuez, como aquella canción del gran Miliki.

Ahora está Israel en el centro de los acontecimientos, como siempre. Para odiarlo y para amarlo, como siempre. Los que lo aman lo ven como el pueblo luminoso del fin de los tiempos, casi cinematográfico. Los que lo odian le atribuyen todo tipo de poderes mágicos (escuchan las conversaciones privadas, controlan el mundo desde un cenáculo debajo de la tierra, envenenan deliberadamente con sus comidas, y tienen un zumbido secreto que un día nos volverá zombies).

Es un paisito. Es lo que es. Es un Israelito. Un eterno David frente al Goliat de la historia.
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