Nos vamos acercando al mes de Adar, y tras la celebración de Purim nos enfilaremos para celebrar Pesaj. Otra vez, al igual que en Janucá, época para celebrar milagros, sobre todo porque tienen mucho que decirnos respecto a Gaza y los últimos dos años y medio de nuestras vidas.
Recordando que el año religioso comienza con Nissán (“este será para ustedes el primero de los meses”), nuestro ciclo inicia y termina con dos milagros muy similares. En Pesaj, es Moshe al frente del pueblo judío confrontándose con Faraón. En Purim, es Mordejai al frente del pueblo judío confrontándose con Hamán.
El primero quiere mantenernos esclavos, el segundo quiere exterminarnos. El primero es un rey, el segundo es un funcionario. El primero sólo piensa que los israelitas son la base social y explotable de su reino, el segundo está convencido de que los judíos son extranjeros intrusos que ni siquiera deberían existir.
Nótese qué interesante clase de ciencias políticas: El tirano, el que realmente tiene el poder, odia a los israelitas pero no llega al extremo de buscar su destrucción total. Entiende que tienen una utilidad en su sociedad. Lo que quiere es retenerlos. En contraste, el burócrata mediocre que aspira a tener el poder es el que se radicaliza, el que busca una solución final, un exterminio total. El que entiende de qué se trata el poder —faraón— es cruel y perverso, pero aun así ve ciudadanos en los israelitas. El que sólo sueña con encumbrarse es xenófobo, ve al judío como el desigual por completo, el sobrante de la sociedad, el que no debe vivir.
Ambos son confrontados por líderes cuyo nombre comienza con la letra Mem, la del número 40, la inicial del Mashíaj, la inicial del agua (mayim), la inicial de la muerte (met). La letra de la historia, porque la vida comenzó en el agua según el Génesis (y, por cierto, también según la ciencia), el número 40 fueron los años que separaron al Israel esclavo del Israel libre (el proceso histórico), y la muerte es el sello final con el que se extinguen los seres humanos, las naciones, las ideas.
Menos el pueblo de Israel.
El pueblo que derrota al faraón entre milagros, prodigios y la mano divina poderosa que se manifiesta todo el tiempo, hasta llegar al milagro del Mar de los Juncos (otra vez la mem). El pueblo que derrota a Haman con organización social, con activismo político, con la vocación de sobreponerse al miedo y enfrentar el reto aunque la incertidumbre agobie al corazón.
En el libro del Éxodo, D-os está presente todo el tiempo. Habla, actúa, interviene sin recato. En el libro de Ester no; se le alude a escondidas, pero nunca se le menciona explícitamente; nunca habla, nunca hace prodigios, deja que sean sus hijos los que asuman su responsabilidad.
¿Cuál es la diferencia entre los israelitas del éxodo y los judíos de Persia?
La Torá, entregada en Sinai después del éxodo. Lo único que no tenían los israelitas que salieron de Egipto siguiendo a Moisés, y que sí tenían los judíos de Susa siguiendo a Mordejai, es la Ley Divina.
Esa diferencia lo marca todo. Ese detalle nos explica por qué en un caso D-os se manifiesta de manera explícita, y en el otro no. O, más bien, nos explica que D-os siempre estuvo presente, porque no hay mayor presencia divina que la Torá como patrimonio eterno de Israel. El israelita del éxodo pudo ver prodigios, el mar abierto, las plagas, el orden natural trastocado.
Eso, sin duda, impactó en sus emociones de un modo profundo, indeleble. Pero el judío que tiene la Torá es distinto. No lleva el impacto de lo divino en las emociones alteradas por el milagro, sino en el alma educada y elevada por el estudio. Lo divino es disrupción en el israelita anterior a Sinai; lo divino es la esencia misma en el judío que estudia Torá.
Por eso, en el sentido más puro del concepto, el milagro es el mismo en Purim y en Pesaj. Lo único que cambia es la percepción de lo divino en el israelita-judío.
A menudo me preguntan si realmente creo, de manera literal, que el mar se abrió, que el Sinai tembló ante la Voz del Cielo, que el maná cayó en el desierto, que la vara de Aarón floreció.
La parte racional de mi cerebro —yo, tan estudioso de la historia, tan aferrado a lo lógico, a lo que se puede explicar con evidencias concretas— quisiera decir que no. Que los milagros no existen, que sólo son cosas que la gente antigua no sabía cómo explicar.
Pero —lo que son las cosas— yo vi caer a los ayatolas y a sus cómplices en dos años y medio. Justo cuando casi estaban listos para terminar el cerco contra Israel, un palestino deleznable y ambicioso llamado Yahia Sinwar —cruel, perverso, despiadado— cometió el error de lanzar por su propia cuenta un ataque que puso en marcha toda una guerra que terminó aplastando a todos los enemigos de Israel.
“Pero allí no hubo milagro alguno”, me dirá alguien poco avispado. Que porque Israel, después de un fallo catastrófico el 7 de octubre de 2023, sólo hizo las cosas bien.
Ya era una potencia militar, así que visto desde la perspectiva más fría, lo que hemos visto en estos dos años y medio sólo ha sido algo profundamente lógico y predecible (y tienen razón: Yo mismo lo dije en muchas charlas desde hace varios años; si Israel era obligado a lanzar un ataque contundente, destruiría a sus enemigos).
Por eso hay que volver al éxodo y a Purim.
El milagro no son las plagas, el mar, lo sobrenatural. Eso es magia. El milagro es que ese pueblo doblado por el pánico, que a duras penas y casi a regañadientes se decidió a salir de Egipto, se convirtió en la máxima potencia militar del Medio Oriente. El pueblo de esclavos en Egipto o de extranjeros en Persia se volvió imbatible, indestructible.
El milagro somos nosotros.
Entonces hay un mar que sí se abrió. No sé si fue el de los Juncos, pero sí lo fue el de la historia y el de la muerte.
Y aquí estamos por eso.
Un pueblo de la Edad de Bronce.
Todas las naciones que nacieron junto con nosotros ya murieron. Son piezas de museo. Su único lugar en el mundo es la arqueología.
El Pueblo de Israel Vive.
¡Am Israel Jai!
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