Vista en retrospectiva, la historia suele parecer casi inevitable. Las causas se alinean con claridad, las consecuencias parecen lógicamente encadenadas y los historiadores pueden trazar líneas entre un acontecimiento y otro. El relato adquiere sentido.
Pero mientras los acontecimientos se desarrollan, la historia rara vez es transparente. Una y otra vez desmiente las expectativas de quienes creen comprenderla.
En 1988, pocos analistas imaginaban que la Unión Soviética desaparecería en apenas tres años. Sin embargo, en 1991 el sistema que parecía inamovible se había derrumbado con sorprendente rapidez. Durante años, la inteligencia israelí siguió de cerca a Hamás y estudió sus intenciones; aun así, la magnitud y la coordinación del ataque del 7 de octubre sorprendieron incluso a las instituciones encargadas de anticipar ese tipo de amenazas.
Estos episodios revelan una asimetría fundamental: la historia puede explicarse después de los hechos, pero rara vez puede predecirse mientras ocurre.
Quienes intentan comprenderla como si fuera un proceso mecánico, regido por cadenas claras de causa y efecto, pasan por alto algo esencial. Las sociedades están formadas por millones de decisiones que interactúan entre sí. Un desencadenante menor puede producir consecuencias desproporcionadas. Sistemas políticos que parecían estables pueden derrumbarse de repente. Imperios que parecían permanentes desaparecen en pocos años. Revoluciones estallan después de décadas de aparente equilibrio.
Pocas historias ilustran esta imprevisibilidad con tanta fuerza como la del pueblo judío.
La existencia judía se ha desarrollado repetidamente en los puntos de fractura de la historia. Períodos de relativa estabilidad han sido seguidos por catástrofes abruptas; momentos de aparente debilidad han dado lugar a renovaciones inesperadas.
Durante siglos, comunidades judías vivieron con relativa seguridad en Europa Central, convencidas de estar plenamente integradas en la sociedad moderna. Pocos podían imaginar que, en el plazo de una generación, la civilización más avanzada del continente organizaría la destrucción sistemática del pueblo judío. Del mismo modo, pocos observadores en 1945 habrían podido prever que apenas tres años después surgiría un Estado judío en su antigua patria, tras dos mil años de exilio político.
La historia judía ha estado marcada, por tanto, no sólo por la resistencia, sino también por la constante necesidad de responder a las sorpresas de la historia.
La cuestión que enfrentan las sociedades no es si existe la incertidumbre. La incertidumbre es permanente. La verdadera cuestión es cómo responder a ella.
Esperar una claridad absoluta rara vez es posible. Cuando las amenazas se vuelven plenamente evidentes, el costo de no haber actuado puede ser ya irreversible. El desafío no consiste en eliminar la incertidumbre —algo que ninguna nación puede lograr— sino en desarrollar la capacidad moral y política de actuar responsablemente dentro de ella.
La historia no es un proceso mecánico gobernado por leyes fijas. Está moldeada por decisiones humanas: por la responsabilidad ejercida en condiciones de incertidumbre.
La verdadera pregunta, por lo tanto, no es: ¿quién dice entender hoy el sentido de la historia?
La verdadera pregunta es otra: ¿quién actúa responsablemente dentro de ella?
Al imponer orden sobre una realidad caótica, la acción humana puede modificar el curso de los acontecimientos. Por eso la historia a veces desmiente las predicciones seguras de expertos y analistas.
El judaísmo ha entendido la historia precisamente de esta manera. Es una tradición fundada en la responsabilidad, la ley y el orden moral.
En ese sentido, el judaísmo puede entenderse como un proyecto civilizatorio de orden frente al caos —frente a quienes buscan ejercer el poder fomentando el desorden.
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