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miércoles 24 de junio de 2026

Diego Sciretta / El Satán no asumido y el negocio de la Guerra

El reciente desplante en la cumbre de Suiza dejó al desnudo la humillante impericia de la diplomacia norteamericana: Washington preparó un documento final de corte marcadamente antiisraelí para congraciarse con el extremismo, pero los delegados iraníes se negaron incluso a posar en la foto oficial junto al vicepresidente estadounidense.

Este bochorno, donde el “Satán no asumido” es rebajado y rechazado públicamente por el verdadero Satán de Teherán —a quien intentaba complacer—, demuestra que la geopolítica de la Casa Blanca no se nutre de lealtades morales, sino de un cínico pragmatismo transaccional que debilita a sus aliados y envalentona a sus enemigos.

​La traición histórica: Del embargo de 1948 al Caso Pollard

​La memoria histórica demuestra que el pueblo judío y el propio Estado de Israel han sido piezas de descarte para Washington cuando la política interna o sus intereses externos lo exigían. Desde el nacimiento mismo de Israel en 1948, durante la Guerra de la Independencia, Estados Unidos dio la espalda imponiendo un estricto embargo de armas; la supervivencia del Estado judío no se debió al apoyo americano, sino al armamento provisto por Checoslovaquia bajo el permiso y la autorización expresa de la Unión Soviética, sumado a los puentes logísticos en Europa.

​Décadas antes, en 1939, el gobierno estadounidense ya había cerrado sus puertas al transatlántico SS St. Louis, condenando a cientos de refugiados judíos a morir en Europa. Más tarde, durante el macartismo, utilizaron el prejuicio antisemita para ejecutar a los Rosenberg. Pero la mayor muestra de ensañamiento contra su propio socio táctico fue el caso de Jonathan Pollard: el analista que advirtió a Israel que Washington le ocultaba información militar crítica mientras preparaba una entrega masiva de aviones avanzados a Arabia Saudita.

Por proteger a su país, Pollard recibió una condena desproporcionada de cadena perpetua y pasó 30 años en prisión, un castigo mucho más severo que el impuesto a espías de potencias enemigas declaradas como Rusia o China. Para el “Satán no asumido”, la lealtad de un aliado se castiga con saña si interfiere en sus intereses geopolíticos.

​El freno al colapso de los enemigos y los altos el fuego forzados

​La constante histórica del “Satán no asumido” ha sido intervenir quirúrgicamente cada vez que los enemigos de Israel estaban al borde de la destrucción total. El episodio más flagrante ocurrió en 1973, durante la Guerra de Yom Kipur. En el momento en que las fuerzas israelíes cruzaron el Canal de Suez, cercaron al Tercer Ejército egipcio y tenían la oportunidad histórica de destruirlo para consolidar una victoria militar absoluta, la administración de Richard Nixon y Henry Kissinger congeló el avance. Mediante una presión diplomática asfixiante, impusieron un alto el fuego forzado.

Para el pragmatismo americano, una victoria total de Israel era un estorbo; necesitaban un empate técnico que salvara el orgullo de El Cairo para poder moldear los posteriores acuerdos de paz bajo el exclusivo patrocinio de los intereses norteamericanos.

​El salvavidas a la OLP: La trampa de los Acuerdos de Oslo

​Esta misma dinámica de frenar el colapso se repitió en la década de 1990 con los Acuerdos de Oslo. En ese momento, la OLP estaba militarmente desahuciada, en la quiebra financiera y políticamente aislada en Túnez por haber apoyado la invasión de Saddam Hussein a Kuwait. Cuando la organización terrorista estaba a punto de desaparecer, Oslo funcionó como un salvavidas: Washington y los negociadores de la época legitimaron a Yasser Arafat, permitiéndole regresar e instalarse en los territorios.

​En la práctica, Israel entregó armas, autonomía y control territorial bajo una falsa promesa de paz. El resultado real de esta desconexión con la realidad no fue la convivencia, sino la balcanización del territorio, el desvío de fondos internacionales para el adoctrinamiento escolar y la financiación de estructuras armadas. Al replegarse las fuerzas de seguridad de los centros urbanos palestinos, Oslo transformó un conflicto de baja intensidad en una fábrica de impunidad y terrorismo urbano que pavimentó el camino hacia la sangrienta Segunda Intifada.

​La tesis de Gil White: El freno científico al triunfo de Israel

​Este engranaje de sumisión y victorias truncadas encuentra su explicación científica en las investigaciones del antropólogo y sociólogo Francisco Gil White. A través de un riguroso análisis histórico, Gil White desmonta la narrativa del “aliado incondicional” y demuestra que la verdadera política de Washington es estructuralmente antiisraelí. Según su tesis, a Estados Unidos nunca le ha convenido el triunfo definitivo de Israel; por el contrario, su estrategia consiste en rescatar a las fuerzas enemigas en el último minuto para perpetuar un estado de vulnerabilidad y conflicto latente.

Para la geopolítica norteamericana, un Israel soberano, independiente y en paz rompería el tablero de control, exponiendo que el verdadero fin del “Satán no asumido” es administrar la crisis y la dependencia militar de Jerusalén.

​El motor de la inestabilidad perpetua: ¿Geopolítica o negocio de armas?

​Se podrían seguir enumerando cientos de ejemplos a lo largo de las últimas décadas, pero estos hitos exponen con claridad una constante: el Satán no asumido interviene quirúrgicamente para salvar a las fuerzas agresoras justo cuando están por ser desmanteladas. Al rescatar militar y políticamente a los enemigos de Israel en el último minuto, Washington no busca la paz, sino congelar la situación en un equilibrio de baja intensidad que inevitablemente genera nuevos y más complejos conflictos.

​Ante este ciclo interminable de victorias truncadas y monstruos oxigenados, emerge la sospecha inevitable: ¿No será que la verdadera y única obsesión del Satán no asumido es mantener la región en llamas para garantizar un mercado cautivo y multimillonario de venta de armamento? Para la industria militar estadounidense, la paz definitiva en el Medio Oriente sería una catáresis financiera. Mantener a Israel en un estado de vulnerabilidad perpetua y a sus vecinos armados hasta los dientes asegura que la maquinaria de defensa de Washington nunca deje de facturar, priorizando las ganancias de sus corporaciones por sobre la seguridad de su aliado táctico.

​El doble juego: Facturación millonaria y caza de votos

​Este perverso equilibrio de baja intensidad cierra de manera perfecta cuando se analiza la política doméstica norteamericana. Al Satán no asumido la jugada le rinde un doble beneficio: mientras mantiene encendida la maquinaria del complejo militar-industrial garantizando una facturación multimillonaria en venta de armas, instrumenta un cínico discurso de “apoyo incondicional” a Israel con el único fin de disputar y garantizar los millones de votos de la comunidad judía estadounidense hacia un partido o el otro. No es compromiso moral; es un negocio redondo de votos y dólares.

​La necesidad de un Israel sumiso

​Para sostener este engranaje de facturación y conveniencia política, el Satán no asumido necesita asegurar un factor clave: la sumisión absoluta del liderazgo en Jerusalén. No le importa si el gobierno de turno en Israel es de izquierda o de derecha; su verdadera prioridad es que sea un ejecutor dócil que jamás se proponga alcanzar una auténtica independencia militar y de defensa.

Washington observa con recelo el espejo de potencias como la India o Pakistán, naciones que, a pesar de sus complejidades, desarrollaron una soberanía estratégica e industrial propia que les permite tomar decisiones sin pedir permiso ni depender del suministro de una superpotencia externa. Al condicionar el abastecimiento de piezas, municiones y tecnología de punta, Estados Unidos amarra a Israel a una subordinación estructural. Una autonomía militar israelí rompería el monopolio del negocio y el control político, desmantelando el diseño que le permite a Washington financiar sus campañas y alimentar a sus corporaciones a costa de la vulnerabilidad perpetua de su socio táctico.

​La creación de los ejércitos yihadistas: De Al Qaeda al Estado Islámico

​El pragmatismo del Satán no asumido no conoce límites morales ni mide las consecuencias a largo plazo. En la década de 1980, la Casa Blanca financió, entrenó y armó a los muyahidines en Afganistán mediante la Operación Ciclón para desgastar a la Unión Soviética. De esa estructura de fundamentalistas respaldada por Washington emergió Osama bin Laden y la red Al Qaeda. 

​Esta misma impericia geopolítica se repitió con la invasión de Irak en 2003. Al destruir el tejido estatal y disolver el ejército iraquí, Estados Unidos creó el caldo de cultivo perfecto para la radicalización. Fue en los propios centros de detención norteamericanos, como Camp Bucca, donde los extremistas se organizaron y aliaron con exmilitares del régimen depuesto. El resultado directo de esa intervención fue el nacimiento del Estado Islámico (ISIS), un ejército de fanáticos que desató el terror global.

​El abandono al pueblo iraní: El silencio ante la masacre

​Este mismo patrón de descarte y complicidad pasiva se observó en el abandono flagrante al pueblo iraní cuando intentó rebelarse contra la tiranía teocrática. En momentos críticos de resistencia popular, Washington prefirió la inacción y el cálculo geopolítico, dejando vía libre para que el régimen de los ayatolás aplastara las protestas. El resultado de esa falta de respaldo real fue devastador: decenas de miles de iraníes pagaron con su vida en cuestión de días, masacrados por las fuerzas de seguridad ante la mirada distante de un “Satán no asumido” que priorizaba la estabilidad de sus tableros por encima de los derechos humanos y la libertad de quienes se enfrentaban a su principal enemigo.

​El escenario actual: JD Vance, Donald Trump y la lección para Israel

​Esa misma falta de escrúpulos e impericia política es la que une el pasado con el presente, demostrando que para el “Satán no asumido” el tablero internacional es un negocio de conveniencia interna. En el escenario actual, el vicepresidente, JD Vance, representa a un sector de la sociedad norteamericana, de corte marcadamente conservador y antisemita, que ha llegado a exigir de forma reiterada embargos de armas a Israel y ha lanzado duras advertencias públicas a Jerusalén, recordándole de manera cortante que su defensa depende del contribuyente estadounidense.

​A esto se suman los exabruptos psicológicos de Donald Trump, quien en su afán personalista no midió el impacto geopolítico de criticar públicamente a Benjamín Netanyahu o calificar a Israel de “débil”. Esas grietas públicas entran directamente en la cabeza del verdadero Satán —la dictadura teocrática de Irán— y de sus satélites terroristas, funcionando como un potente estímulo que los convence de que su enemigo está desamparado y los motiva a golpear.

​La diferencia con Marco Rubio es nítida y expone la fractura interna en la cúpula americana actual. Al ser hijo de exiliados cubanos, Rubio posee un compromiso ideológico profundo que nace de su propia historia de lucha frontal contra las dictaduras y en defensa de la democracia. Este enfoque choca directamente con el pragmatismo transaccional de Donald Trump. Para alguien con la matriz de Rubio, resulta inadmisible la impericia de haber dejado al madurismo prácticamente intacto en Venezuela —buscando apenas un chavismo sin Maduro—, el desinterés real frente al régimen de Cuba o las concesiones por pura conveniencia electoral.

Mientras el “Satán no asumido” calcula dólares, venta de armas y votos domésticos, la postura de Rubio evidencia que incluso dentro de Washington, el ala ideológica choca contra el puro negocio geopolítico que tantas veces ha dejado desamparado a Israel.

​Para la sociedad israelí, la conclusión es tajante: la alianza con el “Satán no asumido” es una herramienta puramente táctica, pero nunca un compromiso moral recíproco. En el tablero de Washington, los aliados son útiles hasta que dejan de serlo.

​Conclusión: La realidad del pragmatismo

La supervivencia de la nación judía dependerá, como siempre, de su propia fuerza y de la lucidez para entender que en la mesa de las superpotencias, la confianza ciega y la sumisión militar son el error más costoso.

El “Satán no asumido” actúa bajo sus propias reglas, y la sumisión total solo alimenta su maquinaria corporativa a costa del futuro de Israel.
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