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Yom Kipur y la evolución de la religión judía

Enlace Judío México.- Yom Kipur es el día más sagrado del año. Según la creencia judía, es el momento en el que se sella el juicio de D-os para el año que acaba de comenzar. Por eso se le pide insistentemente que nos inscriba en el Libro de la Vida, para un año de manutención, dicha, paz y tranquilidad.

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La idea central es que es la fecha en la que el ser humano se confronta con su Creador para ponerse en paz con él, pedir perdón por los pecados y errores cometidos a lo largo del año, y comprometerse al esfuerzo para mejorar su modo de vivir a lo largo del año que va comenzando. Por supuesto, esto conlleva la petición de que se nos conceda la vida, en función de la creencia de que este es el día en el que D-os determina quiénes han de completar el año vivos, y quiénes han de morir en algún momento de los siguientes doce meses.

El origen de la festividad está claramente señalado en la Torá: “A los diez días de este mes séptimo será el Día de la Expiación; tendréis santa convocación, y afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida al Señor. Ningún trabajo haréis en este día, porque es Día de Expiación, para reconciliaros delante del Señor vuestro D-os” (Levítico 23:27-28).

Según las instrucciones específicas de la Torá, es un día en el que hay que guardar un riguroso ayuno, y se prescribió la presentación del sacrificio más sagrado de todo el año, único momento en el que el Sumo Sacerdote ingresaba al Lugar Santísimo del Tabernáculo o Templo, y único momento también en el que pronunciaba el Nombre Sagrado.

Desde una perspectiva escueta enfocada en la historia de la religión, el asunto no es muy complicado: un pueblo antiguo presentando un sacrificio animal y sangriento para ponerse en paz con su dios. Algo que en esas épocas era, simple y sencillamente, rutina.

De hecho, ni siquiera el contenido medular tenía algo de original: la idea de que este período del año (los inicios del otoño) son la época en la que D-os (o los dioses) juzgan al mundo, proviene de la cultura sumeria, y su gran impacto internacional se debió al zodíaco babilónico. A fin de cuentas, es el mes de Libra, y el símbolo de este signo zodíacal es una balanza, justo porque es la época de juicio.

Entonces ¿qué tiene de especial la festividad de Yom Kipur? ¿Se trata sólo de la versión israelita de una festividad que se celebraba en todo el antiguo Medio Oriente, o hay algo único y singular?

Empecemos por dejar en claro una idea fundamental: D-os, en la Torá, no inventó los sacrificios de expiación. Esta es una idea incorrecta que tiene mucha gente. A menudo me plantean esa pregunta: “Si D-os estableció los sacrificios, ¿por qué los judíos ya no los practican?” O: “Si D-os ordenó hacer sacrificios de expiación y los judíos ya no los practican, ¿cómo logran la expiación de sus pecados?”

Seamos concretos: D-os no instituyó esos sacrificios. Es decir: no fueron su ocurrencia. Ese tipo de sacrificios ya se celebraban desde siglos (incluso milenios) antes de que Moisés escribiera la Torá.

Lo que la revelación divina dada por medio de la Torá vino a hacer, fue darle un nuevo significado a ese ritual.

Ya hemos mencionado que la idea de que otoño es la época del juicio proviene del zodíaco mesopotámico, planteado originalmente por los sumerios y extendido por los babilonios. Esta idea es eminentemente determinista. Es decir: asume que las decisiones de los dioses son inobjetables, que la influencia de los astros es absoluta, y que el ser humano es completamente inútil ante el destino. Simplemente, ya está escrito en los cielos cuál habrá de ser nuestra suerte, buena o mala, y no hay nada que podamos hacer para cambiar eso.

La Torá vino a revolucionar esa noción, sentando las bases para una religiosidad basada en el libre albedrío. Ante la noción de que el destino era algo inamovible, la Torá planteó de manera nítida la naturaleza moral del universo: el hombre es responsable de sus acciones, y su suerte, buena o mala, la determina su propia conducta.

Por eso, el contenido de Yom Kipur no es mantenerse pasivo ante los designios de D-os, sino presentarse delante de Él con un corazón arrepentido, lo que incluye la determinación de corregir los perfiles erróneos de nuestra vida, y en función de ello pedir que los decretos del Todopoderoso en relación a nosotros sean para bien. En otras palabras: se da por sentado que uno realmente puede mover a D-os a que cambie sus decretos.

El futuro, según el Judaísmo, no es una decisión unilateral de D-os. Podría hacerlo, porque a fin de cuentas es el Creador, Amo y Señor de todo lo que hay. Pero nos ha dado la capacidad de construir nuestros propios caminos. De hecho, somos copartícipes suyos en el proceso de creación, así que él mismo no se niega a la posibilidad de negociar con nosotros en función de nuestro compromiso con la vida.

Eso es lo que hace del sacrificio de Yom Kipur algo diferente a los sacrificios de las otras religiones del antiguo Medio Oriente: la conciencia moral. La convicción de que las cosas no suceden por una decisión unilateral de los dioses, sino porque hay cosas buenas y malas, y el ser humano debe aprender a escoger lo bueno.

El concepto religioso del antiguo Israel no se limitó a revolucionar el significado del sacrificio. Fue más allá: planteó por primera vez en la historia del pensamiento religioso, que lo importante estaba en el concepto, no en el rito.

Cuando el Templo de Jerusalén fue destruido por los babilonios en el año 587 AEC, los judíos nos enfrentamos por primera vez a la situación de que no había modo de celebrar los sacrificios de expiación. Eso, en el contexto histórico y cultural del que estamos hablando, habría significado el colapso de la religión israelita.

Sin embargo, las reflexiones de un profeta hicieron del Judaísmo la primera religión en plantearse de manera directa y nítida que la dimensión espiritual estaba mucho más allá del rito. Es decir, que aún sin sacrificios podía lograrse la expiación de pecados: “No me trajiste los animales de tus holocaustos, ni me honraste con tus sacrificios; no te hice servir con ofrenda, ni te hice fatigar con incienso. No compraste para mí caña aromática por dinero, ni me saciaste con la grosura de tus sacrificios, sino pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades. Yo, yo soy el que borró tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Isaías 43:232-25).

Se trata de otra idea revolucionaria: si de entrada la noción del sacrificio de expiación como un acto eminentemente moral ya era un avance ideológico sin precedentes, la posibilidad de que los pecados puedan ser expiados sin sacrificar animales llegó todavía más lejos.

¿En qué se basaba esta posibilidad de expiar las culpas sin sacrificar animales? Otra idea revolucionaria: en el propio sufrimiento. Concretamente, en la convicción de que las consecuencias de nuestros actos equivocados pueden ser el motor que nos lleve a corregir nuestra conducta. El profeta lo dice de ese modo: “Consolaos, consolaos pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, decidle que su tiempo se ha cumplido, que su pecado ha sido perdonado; que doble ha recibido de la mano del Señor por todos sus pecados” (Isaías 40:1-2).

Con todo y todo, el Templo de Jerusalén se comenzó a reconstruir a partir del retorno de los judíos a su natal Judea, y el sistema de sacrificios se restableció. Pero las nuevas condiciones de vida del Judaísmo permitieron que la idea planteada en el libro de Isaías -la expiación como una vivencia espiritual, no como algo dependiente de los sacrificios humanos- se mantuvo y evolucionó gracias a una situación que hizo del Judaísmo una religión única en la antigüedad: la diáspora.

Cuando la gente de aquellas épocas se trasladaba a vivir a otro lugar, continuaba practicando su religión natal, pero también se integraba a los ritos religiosos propios de su nuevo hogar. En ese contexto, la idea de “conversiones” le resultaba extraña a la mayoría de la gente. La religión era un fenómeno nacional. La única razón por la cual uno practicaba cierta religión, era porque había nacido en el grupo que desde siglos antes practicaba esa religión. Si había un cambio de residencia, no había necesidad de una “conversión”. Bastaba con expresar respeto a los dioses de ese otro grupo, pueblo o lugar, sin que eso significara que uno tuviera que abandonar las propias creencias y rituales.

Pero el Judaísmo fue distinto. Tras el exilio en Babilonia, un contingente regresó a Judea, pero la realidad es que la mayoría de los judíos permanecieron dispersos en diversas provincias del Imperio Persa, y luego se fueron extendiendo hasta todos los confines del mundo conocido.

En cada lugar en el que se establecieron, se rehusaron a incorporarse a las prácticas de las religiones locales; del mismo modo, los extranjeros que se establecían en Judea no eran admitidos en las prácticas religiosas judías. Si querían integrarse a las mismas, tenían que convertirse, lo que implicaba que tenían que renunciar a su religión previa.

Esto hizo del Judaísmo la primera religión internacional, en el sentido de que había grupos de personas en diversos países que practicaban única y exclusivamente la misma religión.

Pero sucedió algo más, igualmente singular: los sacrificios rituales sólo se practicaban en el Templo de Jerusalén. Las comunidades judías de la diáspora no celebraban sacrificios.

¿Qué hacían, entonces? ¿Cómo practicaban su religión?

En el marco de una institución que seguramente surgió y se consolidó durante el exilio, y que resultó muy práctica por ser una especie de “santuario portátil”, listo para construirse en cualquier lugar de la diáspora. En hebreo se le llamó Beit Haknesset o Beit Hamidrash, y luego en la época helénica recibió su nombre definitivo, derivado del griego: la Sinagoga.

Cuando el Templo de Jerusalén volvió a ser destruido en el año 70 por los romanos (y esta vez para siempre), todas las comunidades judías de la diáspora tenían una o varias sinagogas, dependiendo del tamaño del grupo, y allí realizaban sus prácticas religiosas cotidianas.

Ya sin el templo, fue el modelo sinagogal el que se convirtió en la base de la religión judía. Lo único que se confirmó fue que los horarios de los rezos serían los mismos que, en otros tiempos, eran los horarios de los sacrificios en el Templo.

Lo interesante es que ante esta nueva situación, el Judaísmo se consolidó como una religión que ya no giraba alrededor de los sacrificios de animales (la principal actividad en el Templo), sino alrededor de los libros (la principal actividad en la Sinagoga). Había dejado de ser una religión ritual, y se había convertido en una religión dialéctica.

El historiador israelí Yuval Harari lo expresa de un modo muy simple: “hace tres mil años éramos una religión que mataba animales para garantizar que tendríamos una buena cosecha; pero nos convertimos en una religión de libros, de estudio, de discusiones, de Yeshivot”.

¿De qué manera afectó esta transformación el concepto judío sobre Yom Kipur? En realidad, de ninguna manera. La razón es que el concepto de Yom Kipur ya era abstracto desde su planteamiento en la Torá. Al dotar a ese ritual máximo de una noción moral -el sacrificio de expiación como expresión de arrepentimiento, con el compromiso implícito de mejorar la manera de vivir-, el Judaísmo entendió desde la más remota antigüedad que el meollo del asunto (y nótese qué asunto: la expiación de los pecados) estaba más allá del ritual en el que se sacrificaba a un animal.

El meollo de la expiación es el arrepentimiento, y arrepentimiento en la religión judía es algo más que un simple remordimiento de conciencia. Es un cambio en el modo de vivir.

El sacrificio de animales sólo fue el modo en el que gente antigua expresaba esa disposición a corregir su vida. Ya sin el Templo, el Judaísmo entendió desde hace más de 2600 años que nuestra necesidad de arrepentirnos y corregirnos no se veía afectada por el hecho de no poder celebrar sacrificios animales.

Gracias a ello, cuando vino la tragedia definitiva en el año 70, la realidad es que el Judaísmo estaba más que preparado para sobrevivir, aún sin el Templo, porque para ese entonces ya era una religión que, en su abrumadora mayoría, giraba alrededor de los libros y la oración.

Por eso, en la actualidad Yom Kipur no se caracteriza por un sacrificio animal, sino porque todos los judíos ingresamos a la sinagoga y tomamos un libro. Bastante gordo, por cierto: el llamado Majzor. Lo leemos de tapa a tapa a lo largo de todos los rezos que hacemos, y con esa lectura recordamos todo aquello en lo que debemos mejorar nuestras existencias. Y como cierre de esa experiencia sagrada, le pedimos a D-os que nos inscriba en el Libro de la Vida para un año feliz, tranquilo, próspero y de bendición.

La religión judía ha evolucionado mucho a lo largo de los siglos. Y, sin embargo, conserva la noción del día de Yom Kipur como el momento más sagrado del año, aunque sin la necesidad de recurrir a los modos antiguos, basados en sacrificios sangrientos.

Porque el Judaísmo es una religión del espíritu.

Por lo tanto, el verdadero sacrificio está en el espíritu, en lo que uno hace para mejorar como ser humano, en lo que uno hace por sus seres queridos, y sobre todo en lo que uno hace para que el mundo entero sea un lugar mejor.

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